PAULINO ROMERO C.
Con motivo del inicio del nuevo periodo escolar 2010, y en razón de nuestro permanente compromiso con la educación panameña, nos vemos obligados a hacer algunos señalamientos conforme a las deficiencias que aún persisten en nuestro sistema educativo.
Aunque son muchas, nos referiremos solo a la notable falta de un sistema nacional de supervisión científicamente organizado, con personal debidamente capacitado para acometer las funciones correspondientes a un buen servicio de supervisión en las escuelas oficiales y particulares de la República.
A mediados de la década de los años 60 del siglo pasado, siendo muy joven, llegamos a ejercer en el Ministerio de Educación las funciones de supervisor nacional de Educación. Ello nos impelió a recorrer toda la geografía del país, visitando escuelas de educación primaria y secundaria (tanto oficiales como particulares).
La experiencia derivada de aquellas prácticas de supervisión docente nos proporciona cierta autoridad para meditar y reflexionar sobre la importancia de la supervisión de la educación en Panamá.
Sin duda, la falta de este servicio ha agravado el problema de la calidad de la educación en las escuelas oficiales y particulares de la República, aunque en las particulares la enseñanza es relativamente mejor.
Los países de América Latina y el Caribe, entre ellos Panamá, conscientes de las elevadas deficiencias de sus sistemas escolares, parecen preocupados fundamentalmente de atender al desarrollo cuantitativo de la educación en sus distintos niveles: más alumnos, más escuelas, más maestros y profesores, etc. En cambio, la calidad de la enseñanza, desde su orientación, contenidos, evaluación, hasta la formación y perfeccionamiento de los docentes son aspectos que no importan en igual grado. Los estudios y encuestas más recientes a nivel nacional e internacional sobre la calidad de la educación en Panamá, así lo demuestran.
En momentos en que en Panamá la comunidad nacional exige que se realicen esfuerzos por hacer el recuento y diagnosticar el estado de nuestra educación, con vistas a realizar una cruzada de la educación nacional (que nosotros llamamos una planificación o planeamiento integral de la educación), incluyendo la redefinición de su estructura y funcionamiento, conviene recordar y plantear la necesidad de organizar seriamente un servicio de Supervisión Nacional.
Gracias al desarrollo científico de la educación y al desarrollo democrático de la administración, la supervisión nada tiene que ver con el concepto puramente fiscalizador, antidemocrático y personalista que la profesión heredara de campos ajenos a ella. Hoy se la concibe, en primer término, como un principio inherente a la buena administración, sin la acción del cual no es posible el funcionamiento ordenado de la acción educativa en torno a ciertos fines.
Por eso, conviene destacar las características más importantes de este moderno concepto de supervisión. En primer término, su sentido democrático, expresado tanto en sus fines como en la generación de los planes, la organización y manejo de ellos como en los variados contactos humanos que se promueven dentro o fuera de las escuelas.
Con responsabilidad oficial o no, el supervisor es un elemento que promueve la comunicación entre individuos, y entre grupos de muy diverso tipo, tamaño y propósitos. Esta función de relación humana en torno a los problemas inmediatos de la tarea educativa es lo que de manera más directa torna las labores de supervisión, uno de los mejores medios de perfeccionamiento de los maestros y profesores.
Dentro de las variadas técnicas que han de poner en acción, conviene destacar las técnicas de medición y evaluación, a las que se debe recurrir en toda la gama de sus posibilidades, funciones y momentos, incluso en la autovaloración y enjuiciamiento de la función misma por parte de los niveles superiores del sistema.
Por último, aunque la supervisión de la educación no se circunscribe únicamente al control, la fiscalización y la simple inspección de los servicios, no puede, en la medida de lo necesario, estar exenta de estos requerimientos, toda vez que el Estado moderno orienta y controla la formación de los ciudadanos a través de la educación que imparte.
Aunque apenas hemos esbozado aquí el moderno concepto de supervisión, parece necesario, por la realidad crítica por la que atraviesa la educación nacional, insistir en la urgencia de la mejor organización de su servicio dentro de la educación panameña.
Con respecto al magisterio y el profesorado, pensamos que quienes ejerzan los mismos deben poseer la formación profesional básica, un innegable anhelo de perfeccionamiento y las experiencias que permitan dar a este servicio (la supervisión de la educación) el manejo democrático, científico, diversificado y operante que el desarrollo de la educación panameña reclama.




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