Ballesteros S.
En una alocución que hice en el salón Adames del Partido Panameñista sobre los derechos humanos dije que el primer derecho de los miembros de un partido político es ejercer el poder. Vaticiné mucho antes de la alianza política que el Partido Panameñista y el Molirena juntos no ganarían al PRD, por lo cual era inevitable la alianza con el grupo que dirigía Ricardo Martinelli para acceder al poder. Los hechos confirmaron mi apreciación, por lo cual luego de concretada la alianza elaboramos varios escritos de opinión para contribuir al triunfo, tal como lo habíamos vaticinado.
Asumido el poder, hubo distribución de cargos públicos, manteniendo en algunas posiciones a personajes muy destacados de la anterior administración, algunos por su capacidad, otros por su relación con los nuevos mandatarios.
La reacción de importantes militantes de los partidos asociados ha sido contraria a lo actuado, sobre todo, porque aún persisten las aspiraciones de un nombramiento en quienes auparon el cambio.
Cada día surgen reclamos de la membresía de todos los partidos aliados que pierden las esperanzas de su colocación, según sus aptitudes profesionales. Por otro lado se observa la casi nula gestión para enderezar lo relacionado con infinidad de contratos para obras no concluidas, el abandono de los trabajos, los pagos por inspecciones ineficaces y, en fin, aquello que no sería persecución política, sino exigencia de cumplimiento y determinación de responsabilidad que debe merecer más atención y actuación con firmeza.
Frente a un desgaste frustrante tras pocos meses de gestión, se empiezan a escuchar voces de ataque que dejan asomar la peor de las intenciones. Se trata de alimentar una posición al estilo Ecuador, trayendo el efecto Bucaram por el potencial riesgo que se advierte en la toma de decisiones. Se percibe una administración sin la suficiente consulta, carente de una asesoría madura y prudente, donde las voces asesoras no parecen escucharse o no se les atienden sus recomendaciones.
Realmente se empiezan a oír las advertencias de un mal sesgo de la administración, lo que se agrava porque quienes lo predican son precisamente quienes apoyaron el cambio.
Frente a este cúmulo de hechos e incertidumbres, ante el creciente número de frustrados y, sobre todo, con la desilusión que ya anida en algunos, cobra vigencia la famosa frase “viene el lobo... viene el lobo”, muy conocida cuando se acerca el peligro. Se impone una rectificación y un alto para analizar el rumbo y modificar el ritmo, dejando visible una imagen de estadista que petrifique en la conciencia del panameño, la convicción de que estamos confiando en el gobernante, que no hay motivos para asustarnos y que la prudencia, la buena imagen y el decoro en la administración son puntales para su sostén.
Juzgar al Presidente no es un imposible, pero sí es evitable, no es aconsejable y sus consecuencias son impredecibles.
Hagamos un alto, rectifiquemos y continuemos con un país inigualable, próspero y querido por todos.




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