Fernán Molinos Delaswsky
Compungido, el presidente del mayor fabricante automotriz del mundo hace un mea culpa ante congresistas de Estados Unidos: reconoce que su empresa ha descuidado los estándares de calidad para privilegiar el factor cantidad productiva. ¡Aplausos! Qué gran muestra de responsabilidad corporativa, exclama más de uno.
La expiación pública da origen a una riada de sucesivas declaraciones, en apariencia espontáneas, de otros fabricantes, incluidos estadounidenses, que también anuncian el retiro de cientos de miles de vehículos con presuntos desperfectos. No se trata de una pandemia empresarial de arrobo ético. Da la sensación de que aprovechan la ocasión para que sus faltas ante los consumidores se vean disminuidas a la sombra del primer arrepentido.
En verdad, la verdad de todo va a cuenta de muchas de quejas, denuncias, demandas y reclamaciones por fallas de unos y de otros a la hora de poner en circulación millones de automotores. Por allí, el freno. Por allá, la manguera equis. Por acá, el acelerador. Son solo ejemplos.
Lo grave, más bien lo gravísimo, es que se trata de productos de consumo masivo que, a diferencia por ejemplo de computadoras portátiles su perfomance tiene que ver de manera directa con la vida de personas. Algo parecido, para dimensionar justamente el asunto, serían las medicinas. A este caso, qué diferencia corre entre un remedio envenenado, suplido por la farmacia del barrio, y un automóvil con desperfectos operativos vendido con el respaldo de una marca reconocida del mercado.
Como se sabe, la guerra por la selección de la marca a la hora de adquirir algo se libra en la mente del consumidor. Eso explica que la batalla feroz entre los fabricantes de la industria permita apreciar lo mejor de la publicidad a lo largo de su propia historia. Pero esto es otra historia. O debía ser otra si antes de buena publicidad los fabricantes de autos pusieran en práctica lo que deben hacer; y lo que dicen que hacer: garantizar la vida de quienes los conducen o son transportados en ellos. En todo caso las marcas de este y otros rubros logran un posicionamiento tan icónico y aplastante que el usuario queda reducido a simplemente eso: el comprador. De antemano parece condenado a aceptar y hasta reconocer como propias las fallas del producto adquirido. ¡La marca es infalible!
Se nos dice que cada nuevo modelo de vehículo pasa un proceso exhaustivo de experimentación para proteger la vida de sus futuros propietarios. Es posible. Pero tantas y tan frecuentes fallas son por lo menos sospechosas.
Se verá exagerada la referencia al lanzamiento del Airbus 380, el cual tomó 10 años antes de vender el primer asiento. Es más, el solo simulacro inicial de evacuación en caso de emergencia, que debe durar 90 segundos, tomó cuatro años de preparación. Sí, claro, los aviones son para transportar cientos de pasajeros; mientras que un 4 x 4, cuando más, siete personas. Pero, ¿no hablamos de vidas humanas?
En todo caso hay que dudar que un mercado con el volumen e importancia política menores que el de Estados Unidos hubiera podido provocar una catarsis tan escrupulosa y tan mediática como la vista recientemente entre las grandes compañías del sector. Allí rigen normas y procedimientos que tan temprano como tarde terminan por imponer responsabilidades. Que no son tantas en la mayoría de los países, especialmente entre los terceros del desarrollo, en muchos de los cuales los controles del Gobierno son inexistentes.
Pero la pregunta que no se hace, porque anticipa una respuesta de espanto, queda aquí para reflexión puntual. ¿Cuál, en números, es la secuela mortal que alrededor del mundo dejan las políticas corporativas a la hora de decidir entre la vida humana y las ventas?




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