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Desafíos de la segunda potencia mundial, a 90 años de la creación del Partido Comunista Chino

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El Partido Comunista Chino, la organización política más numerosa del mundo, celebra hoy su 90° aniversario. Organizado en 1921 en la ciudad de Shanghai, nació en la clandestinidad. Sus fundadores originales, que incluyeron a un Mao Zedong de 28 años, fueron 15 personas, de las cuales dos eran extranjeras.

Los setenta afiliados originales fueron creciendo constantemente a través del tiempo hasta alcanzar los 80 millones actuales. De ellos tan sólo el 20,4% son mujeres y más del 25% tiene ya más de 60 años. Entre sus miembros hay 24 millones de campesinos, 7 millones de obreros y casi 7 millones de funcionarios. En un país con 1340 millones de habitantes, hablamos entonces de algo menos del 6% de la población enrolada en las filas de su Partido Comunista. Pero no hay que olvidar que, en paralelo, existe también la "Liga de la Juventud Comunista de China", con 75 millones de miembros.

La celebración del aniversario del Partido Comunista se extiende a China toda e incluye una gran variedad de actividades oficiales y eventos. Entre ellos, la inauguración del tren de alta velocidad entre Beijing y Shanghai; la habilitación del puente más largo del mundo sobre el mar en la bahía de Qingdao, de 42,5 kilómetros de longitud, y el estreno de la película "El Comienzo del Gran Renacimiento" (una entre las tres decenas de películas que se prepararon para ser presentadas con motivo del aniversario), y centenares de otros actos y acontecimientos.

El camino recorrido. Para China el camino hacia el éxito económico no ha sido fácil. La segunda potencia económica del mundo debió ciertamente atravesar períodos duros, detrás de los cuales quedaron decenas de millones de muertos. Entre ellos, el del llamado "Gran Salto Adelante", entre 1959 y 1961. Además, el de la trágica "Revolución Cultural", que tuviera lugar entre 1966 y 1976.

Si bien el Partido Comunista chino es el gran responsable de haber unificado al país y recuperado la dignidad de la que una identidad milenaria había sido despojada, lo que no es poco, el vertiginoso ascenso económico-social chino comenzó luego de la muerte de Mao, en 1976, con las reformas estructurales impulsadas por Deng Xiaoping en virtud de las cuales China abrazó el capitalismo.

Con ellas, sacó de la pobreza a 400 millones de personas, en lo que seguramente es el éxito más resonante de la globalización.

China ha crecido al ritmo anual del 10% de su PBI por espacio de tres décadas; consume la mitad del cemento del mundo, la tercera parte del acero y la cuarta parte del aluminio. Su población compra más autos que la norteamericana y tres veces más heladeras, aires acondicionados y máquinas de lavar que ella.

Pero, a diferencia de su vecina, la India, China no ha sumado aún la democracia a su éxito económico-social. La India -recordemos- tiene 60 años de vida democrática, mientras China tiene en vigencia un sistema político cerrado, de "partido único", desde 1949.

Pertenecer al Partido Comunista chino es más que una cuestión de prestigio. Es también un privilegio, desde que la membresía permite no solo el acceso a los cargos políticos, sino también a los empleos más codiciados de la administración pública y de las empresas estatales, la mayor parte de las cuales continúa estando al servicio de la elite política.

Mirando al futuro. Cuando China ingresa a la última década de su centenario, su Partido Comunista enfrenta algunos desafíos tan cercanos como diversos y complicados.

El primero tiene que ver con la disminución de su fuerza de trabajo, consecuencia de su política de control de la natalidad, situación que empuja los salarios hacia arriba, alimenta la inflación y comienza a erosionar la competitividad de la economía.

Además, China es todavía un país con desigualdades de ingresos muy pronunciadas. En las áreas rurales, el ingreso per cápita no llega a los 300 dólares anuales, mientras que en la costa, en los centros urbanos, el ingreso per cápita de muchos excede a los 7000 dólares anuales. A lo que hay que sumar desigualdades en la prestación de servicios sociales, como la salud y la educación y diferencias notorias en la calidad de las viviendas disponibles.

La escasez de agua -otro problema- se ha intensificado y buena parte de las tierras arables del norte, están sufriendo sequías prolongadas. Y la necesidad de asegurar el flujo de materias primas a una economía vertiginosa, especialmente de los combustibles y alimentos, desvela al poder.

Desde el punto de vista ambiental, China contiene 20 de las 30 ciudades más contaminadas del mundo, situación que está muy lejos de haberse encarado satisfactoriamente y que podría transformarse en una verdadera bomba de tiempo.

Por todas estas razones, la conflictividad social está en aumento y parece preocupar seriamente al liderazgo. Hablamos de unos 180.000 incidentes y protestas por año, esto es de unos 500 episodios diarios. Sin coordinación aparente, ellos estallan a lo largo y ancho del país, con frecuencia imprevisiblemente. La dirigencia política responde a ellos con energía y dureza. Pero al mismo tiempo procura superarlos lo más rápidamente posible a través de la negociación. Hasta ahora con un éxito bien razonable.

China tiene todavía que resolver la delicada cuestión de la vigencia de los derechos humanos y de las libertades individuales de su población. También la existencia de una corrupción generalizada, que incluye a algunos de los mandarines del propio Partido Comunista.

Por ahora, la legitimidad del Partido Comunista descansa en la continua mejoría económico-social. No obstante, los reclamos de apertura política y mayor vigencia de las libertades han estado creciendo y las respuestas a ellos no podrán demorarse eternamente. Hasta el propio primer ministro, Wen Jiabao acaba de admitirlo ante la Royal Society, en Londres, al sostener: "La China del mañana será un país que ha logrado plenamente la democracia, el imperio de la ley, la equidad y la justicia". Esa es -en rigor- la agenda esencial de materias pendientes, del futuro en consecuencia.

Una sociedad en la que una extendida clase media ha surgido como nueva realidad reclamará -tarde o temprano- mejores instituciones, mayor transparencia y desarrollo humano. Esto es bastante más que simplemente producir. Es distribuir mejor y apostar más al consumo, lo que supone reducir una tasa de inversión cercana al 48% del PBI, insostenible en el tiempo.

Es también contar con reglas de juego estables y asegurar a todos por igual su vigencia, lo que conducirá a debilitar la actual primacía absoluta de la cúpula del Partido Comunista sobre el propio Estado y la justicia.

No obstante, pese a los interrogantes e incertidumbres respecto del futuro, la segunda potencia mundial puede celebrar el 90° aniversario de su columna vertebral política con orgullo. Queda aún mucho por hacer, pero la transformación de China en un país moderno -después de 30 años de progreso económico ininterrumpido- es ciertamente una realidad. Incompleta, quizás, pero aún así, notable.

El autor es ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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