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En defensa del patrimonio arquitectónico. Howard Walker

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Los edificios antiguos de cada ciudad son una prueba visible de su historia. Su presencia y los ambientes que crean forman parte de la memoria compartida de todos los ciudadanos. Cuando son demolidos, el resultado es una ciudad más pobre.

Acontecimientos recientes, como la demolición de la vieja Embajada de Estados Unidos, incitan estos pensamientos. También generan incertidumbre por el futuro de otros edificios dignos, por el desarrollo de nuevos proyectos que afectarían el Casco Antiguo y por la necesidad de reparar y darle mantenimiento a los valiosos monumentos que aún se mantienen en pie. (Ver La Prensa 23/4/2011, “Iglesia de Señora de la Merced, Casco Antiguo”).

Panamá es una nación joven, pero posee una rica herencia arquitectónica, por ejemplo, iglesias coloniales, fortines y viviendas vernáculas en varios poblados y ciudades del interior del país, cuya arquitectura es digna de ser admirada y valorada, por la creatividad de sus constructores. Su legado nos deja mucho que aprender; son nuestros puntos de referencia.

Actualmente, en el siglo XXI, vemos cómo en Panamá la construcción de nuevas infraestructuras para hacer frente al crecimiento demográfico amenaza con destruir los fundamentos sobre los que se construyó el patrimonio arquitectónico nacional.

Se derriban edificios completos, en lugar de apelar a una integración entre la arquitectura antigua y la moderna, tal como se hace en otras partes del mundo. En Panamá, a menudo, los edificios antiguos son vistos como una obstrucción, cuando lo que se debería hacer es reconocer el valor que tienen y la necesidad de preservarlos como parte importante de la historia patria, tal como se hace durante el mes de noviembre cuando se conmemoran acontecimientos históricos trascendentales para la república.

La arquitectura antigua es nuestro vínculo con el pasado y evidencia la unidad nacional. Si seguimos destruyendo toda la evidencia arquitectónica del pasado ¿qué tipo de identidad tendrá Panamá en el futuro? Obviamente, eso dependerá de las decisiones que se tomen ahora con base a principios de conservación arquitectónica. Tal vez, una forma de empezar a tomar conciencia del patrimonio arquitectónico único de Panamá, de una manera especial, sería dedicar una semana al año para tal reconocimiento, con giras, presentaciones y seminarios. Esta “Semana de la Herencia” ayudaría a promover la conciencia del patrimonio arquitectónico único de esta nación y de la necesidad vital de su presencia permanente y enriquecedora.

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