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Recuerdos de don Manuel

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GUILLERMO SÁNCHEZ BORBÓN

La vejez, dijo alguien, “consiste en perder el entusiasmo”... (yo agregaría “y las ilusiones y la capacidad de asombrarse”). Por eso, tal vez, nunca sentí el abismo cronológico que se abría entre los dos.

Lo recuerdo subiendo penosamente la larga escalera de nuestro pequeño apartamento de Calle Segunda. Traía el ejemplar de La Estrella de Panamá que había publicado esa mañana un cuento de mi hermano José María. Venía radiante, lleno de entusiasmo.

No quedaban (para emplear la locución teológica) ni vestigios del viejo Adán –vanidoso y egoísta– en este hombre de veras adorable, purificado de todo sentimiento inferior. Por eso podía admirar sin reservas los logros artísticos ajenos. Por eso no había en él la menor amargura, la menor frustración, ni vestigios del más feo de todos los defectos humanos: la envidia.

José María acababa de salir, y Olga y yo escuchamos, embelesados, un asombrosamente agudo análisis literario, ilustrado por párrafos del cuento leídos con su voz de joven; el ojo –que todavía le prestaba algún servicio precario–, casi pegado a la diminuta letra impresa. A seguidas un proyecto, poco práctico como todos los suyos. Con este cuento se podría… no, no se podía, desde luego; pero soñar no cuesta nada y debe ser buenísimo para la salud.

En don Manuel convivían, en perfecta armonía, un gran pintor y un niño, cuyo espíritu, tan inocente como luminoso, animaba e inspiraba al pintor y al patriota.

Sabido es que los niños de corta edad, en la mañana, mientras esperan a que vengan a sacarlos de sus cunas, suelen entretenerse admirando los paisajes fantásticos que la humedad o el cuarteamiento de la madera o del cemento han pintado laboriosamente en las paredes. Consisten estos frescos en riachuelos flanqueados por una lujuriante vegetación de pluviselva. Y más allá el admirable campo ameno, que durante casi dos siglos nos infligieron los clásicos: hondas cañadas que no son de este mundo.

Don Manuel conservó este don hasta la hora de su muerte. Cuando me llevaba del brazo a mí (o a su alumno predilecto, Dicky Conte), que no tendría entonces más de 22 ó 23 años, él, que pasaba de los 80 y pico y que a la sazón veía muy poco, solía reencontrar estos paraísos perdidos en los sitios más inesperados, y generosamente compartía sus visiones con quien tuviera la suerte de caminar a su lado en ese momento, por el dédalo de callejuelas del Casco Antiguo de la ciudad, por ejemplo.

De pronto se detenía y señalándonos un trozo de acerca, exclamaba triunfalmente: ¡Nueva York!, y era tal su poder poético de sugestión, que nosotros también veíamos nítidamente, en las grietas, irregularidades y manchas del pavimento, la “bastionada urbe de gigantes” (como la describió Thomas Mann). O los líquenes de una pared ascendían bruscamente a Matto Grosso o al bosque darienita.

Un 4 de noviembre lo vi participar en el desfile. Llevaba una banderita en la mano, como las que compran los hombres a sus hijitos para las fiestas patrias. Ninguno de los que iban delante –o detrás– de él, o a su lado, sospechaba que aquel anciano había diseñado –en una hora decisiva– el símbolo patrio que se honraba ese día. Iba muy serio, pero era la seriedad con que marchan los niños o juegan a ser personas mayores.

Y ese día pude entrever, por fin, el espíritu que animaba a los hombres que hicieron la independencia. No eran ingenuos. Muchos de ellos participaron en las sangrientas batallas de la guerra civil, tan reciente entonces, cuyo recuerdo debió erigirse como una barrera infranqueable de odio entre conservadores y liberales, barrera que, sin embargo, ambos partidos saltaron para llegar al acuerdo que hizo posible la independencia.

Ninguno de los próceres era un niño. Todos eran hombres curtidos en las luchas de la política y de la guerra civil, conspiradores casi profesionales algunos de ellos, cubiertos el cuerpo y el alma de cicatrices y decepciones. Estaban familiarizados con la victoria y la derrota, con las lealtades hasta la muerte y con las traiciones que pudren el espíritu. Ninguno de ellos podía ignorar que ponía la vida al tablero, y que el fracaso terminaría en el paredón de Las Bóvedas o en la cárcel.

Y sin embargo, viendo a don Manuel aquel 4 de noviembre pasar, serio como un párvulo, frente al Hotel Central, comprendí que si había candor en los próceres (al menos en los mejores de ellos) era un candor infantil. Y que si el adulto, superpuesto al pequeño, en la personalidad de cada uno de ellos, sabía que era una partida moral la entablada, en el fondo el niño nunca dejó de pensar que las balas eran de mentirijillas, y que antes de que dieran la orden de ¡disparen!, la aguda voz de la madre interrumpiría el juego con un ¡vengan a cenar! Y la patria que trajeron al mundo tenía también una lozanía infantil; y aquel vagido más que de dolor por las nalgadas del rudo partero eran de júbilo y de vitalidad. Y ellos mismos, padres y madres, no debían estar muy seguros de que jugaban a la casita, sino que estaban realmente casados y que trabajaban arduamente para construirle un hogar digno al recién nacido.

Ya sé, ya sé que habían empezado a rondar, cual gallinazos, los cínicos y logreros, los que nunca creyeron que aquello tendría éxito y, por tanto, no se arriesgaron. Esperaron cómodamente, en la seguridad de sus casas, a ver quién ganaba la partida. Y en cuanto hubo pasado el peligro, como sucede siempre, corrieron a reclamar su recompensa. Y la obtuvieron.

Pero aquel 4 de noviembre logré expulsarlos de mi mente, mientras veía a mi querido compañero de juegos empuñando la banderita que había diseñado en una hora decisiva.

P.S.

Noto que no me he referido al Panaman. Aunque le había oído hablar de él y hasta me había recitado unas cuantas frases en la extraña lengua que había creado, nunca vi el libro sino ahora que me lo ha mostrado Bobby Eisenmann. Con reverencia pude ojear emocionado la obra a la que dedicó tantos años de su vida. Y me salieron las lágrimas.

El lector pronto tendrá ocasión de repasarla. Yo, en honor del hombre, diré unas pocas palabras. El mayor problema del Panaman y de otros productos similares (como El Esperanto, por ejemplo) es que los idiomas no los hacen los individuos, por talentosos que sean. Los idiomas los hacen los pueblos en el curso de muchos años. De ahí la fantástica cantidad de lenguas que hablan los pueblos del mundo.

Las lenguas, como los pueblos, mueren del todo o dan nacimiento a otros idiomas, que también están condenados a morir o a originar otros idiomas. Cuando estudiaba latín en el Seminario de Costa Rica, sentía una gran desazón. Hoy no recuerdo casi nada de lo que entonces aprendí, pero sé bien a qué se debía la desazón. Era del mismo género que uno siente en presencia de un cadáver.

Nada de lo cual toca en lo más mínimo el hondo afecto y la admiración que siempre he sentido por ese hombre extraordinario que fue (y seguirá siéndolo) don Manuel E. Amador. Su pintura, su obra patriótica, lo justifican de sobra.

 

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