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De radiaciones, niños y escorpiones

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ADÁN CASTILLO GALÁSTICA

Hace 20 años casi exactos, el mundo quedó impávido ante la explosión de la planta de energía atómica de Chernobil, en Ucrania. Se estima que más de 100 poblados debieron ser evacuados y otras 400 mil personas quedaron directamente afectadas por la radiación, sobre todo niños. Poco a poco esta tragedia de magnitud se fue borrando del estremecimiento inicial, al igual que Hiroshima y Nagasaky. ¿Qué ocurrió después? ¿Quién se ocupó del asunto? ¿Qué fue de los “Niños de Chernobil”? Las madres ucranianas saturaron los correos pidiendo auxilio; salieron a tumbar puertas y reventar oídos. Los japoneses, herederos de aquel otro holocausto, miraron para otro lado. ¿Cuál es el costo–beneficio?, dijeron los ingleses. Y así de seguido, mientras la leucemia y otros males avanzaban.

El ex presidente de Ucrania Leonid Kuchma, enviado especial del mandatario de ese país, está de visita en Cuba. ¿Misión? Agradecer la atención a más de 21 mil niños arrebatados al sufrimiento y la muerte por la ciencia y la solidaridad cubanas: “… queremos declarar a todo el mundo que no existe una acción más humana con relación a niños enfermos que el Programa Ucraniano–Cubano “Niños de Chernobil”.

Los vimos en la televisión algunos en segunda generación, relatando cómo fue aquello: Amor, ternura, estima en el ya paradigmático centro vacacional de Tarará, no lejos de La Habana habilitado al efecto: “…de esto prácticamente no sabíamos nada, pero fuimos aprendiendo… Pero lo impactante es que este programa nos ha transformado a todos haciéndonos mucho más sensibles y humanos” (Dr. Julio Medina, del Centro).

En suma, solidaridad, desprendimiento; valores difícil de comprender por nuestras mentes mercadomaniáticas. Pero el asunto no queda aquí, que la lucha contra el cáncer y otros tumores no esperan. En la empresa Labiofam un emblemático laboratorio trabaja en productos naturales en la terapia contra estos males; de las investigaciones sobre el escorpión azul, ya puesto a prueba por la ciencia.

Quizás muy pronto los niños del mundo sin aprensiones atómicas, psicológicas guerristas, ni de hipocresías mediáticas, puedan disfrutar de “La Colmenita”, espectacular compañía de teatro infantil cuyo fundador–director, Carlos Alberto Cremata, recuerda La Cucarachita Mandinga de nuestro Sinán. Pero ojo abejitas, que el alacrán humano acecha sin el menor rasgo de piedad.

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