Ya se comienzan a percibir los vientos de la tormenta económica perfecta que se avecina. La percepción obvia está en los precios que se disparan, pero lastimosamente son tantos los que señalan que se trata del cartel del petróleo y tal; y no pueden estar más peligrosamente alejados de la realidad, al confundir efectos con causas.
Las alzas en los precios son un efecto de la inflación, y no la inflación en sí, que es en donde yace el verdadero mal. Podríamos llamarle, “inflación de precios”, pero aún esto es engañoso. La verdadera inflación está en la devaluación de la moneda; aquella que las leyes, incluyendo las nuestras, nos obliga a usar al establecerlas como de “curso legal”.
Ya en el Siglo XVII el padre jesuita Juan de Mariana, en su obra De rege, plantea la legalidad de matar al rey tirano cuando este vilificaba la moneda, lo cual le valió el arresto y prisión. Sin embargo, el mayor “pecado” que comete Mariana no es el de justificar el tiranicidio sino su fervorosa oposición de la inflación monetaria cometida por el rey, que tilda de “corrupción”. Mariana aseguraba que “la inflación es un tributo que debía realizarse sin el consentimiento del pueblo” y fue enjuiciado por negar el derecho del rey de cometer latrocinio al cambiar el valor de la moneda.
Para entender mejor y así la gravedad del fenómeno inflacionario que constituye el meollo del problema del alza en los precios, debemos entender lo que es “dinero”: que no es más que “un bien de consumo” como cualquier otro, salvo que se presta para ser utilizado en el intercambio de bienes y servicios.
Históricamente el dinero siempre ha tenido valor propio, como fue y sigue siendo el caso del oro, la plata y el cobre; que eran bienes que al poseerlos no quedaba duda de quién era su dueño. Y, ¡claro está!, no sería el dueño quien lo iba a desnaturalizar, si es que quería ser respetado como comerciante o banquero. El jaleo se forma cuando un rey decide apoderarse del dinero, que en su momento era típicamente metálico, y le pone su rostro por un lado y su sello por el otro; haciendo ver que la moneda era suya y que la entrega al pueblo como una gracia concedida.
En algún momento el rey –léase “gobierno”– decide sacar ventaja económica a “su” dinero, y comienza a quitarle oro y a añadirle otro metal menos valorado; y así le alcanza más el oro que tiene para sus guerras, botellas, subsidios y toda suerte de despilfarro politiquero. Todavía más adelante, como ocurrió en EU, el gobierno simplemente confisca todo el oro en barra y en monedas, y a cambio entrega unos lindos papelitos que dicen valer X; no porque sea así, sino porque el príncipe lo dictamina. Semejante barbaridad ha permitido a los gobiernos gastar lo suyo junto con lo nuestro y ahora, como la gente comienza a despertar al atraco, ya cuando venden algo, piden más papelitos verdes, porque no confían en su precio.
A todo esto, ¿qué hacen los gobiernos?, pues imprimen más y más papelitos verdes para mantener su gasto desbocado. El problema es que ya los países y la gente comienzan a despertar al desfalco y pronto ni siquiera aceptarán esos papelitos verdes y entonces entenderemos por qué Juan de Mariana decía que era lícito matar al rey.
En nuestro Panamá todavía no imprimimos mucha moneda ni tenemos una banca central manipulada por el Gobierno; aunque ya se han presentado intentos de ello. Lo que sí tenemos, mayormente, es una inflación importada. El chinito de la esquina no está ganando más, como tampoco la gasolinera ni siquiera el supermercado. Quien se está llevando nuestro dinero son los gringos; pues recuerden que es un impuesto. Peor aún, nos dicen que se trata de ganar con lo que llaman “señoreaje”, que la Real Academia define como: “derecho que pertenecía al príncipe o soberano en las casas de moneda, por razón de la fábrica de ellas”.
¿Qué lindo, no?, resulta que el Gobierno tiene “derecho” a quedarse con parte del esfuerzo de nuestro trabajo, que no es más que otro impuesto; salvo que no tiene que pasar por legislativa y convertirse en ley. En fin, los gobiernos se tomaron el control de las bancas centrales y la fabricación de monedas ajenas, y la vilificaron a fin de coimear a quienes les eligen con votos. El problema es que ya la sangre llega al río y pronto los cierres de calle ser tornarán insoportables. Esto será así porque la situación económica también será insoportable para la gente.
¿Solución? Eliminación de las bancas centrales; y, en Panamá, la contención del gasto público inútil y permitir la libre emisión de moneda.


