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Aún estamos a tiempo. Yoli Llinás de Fábrega

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Si una comunidad exhibe signos del deterioro de su entorno y si esto parece no importarle a nadie, está abonando el terreno para que surjan –y prosperen– decisiones de altas autoridades que no consultan ni estudian opciones para agotar el conocimiento de lo que emprenden, cuando tratan de solucionar los problemas de la ciudad.

Si los espacios públicos se deterioran, progresivamente, y nadie toma acciones al respecto, estos lugares serán abandonados por la mayoría de las personas. Y ante el descuido, la improvisación, el mal gusto y el interés egoísta de los grupos políticos, crecen muchos males sociales y se degenera el entorno y el ambiente.

Esto ha sucedido con la antigua avenida Central que conducía al corazón del barrio de San Felipe (Casco Antiguo). En otro tiempo, esta avenida estaba flanqueada por buenos almacenes, en los que se hacían excelentes compras. Transitaron por aquella, en sus buenos tiempos, gobernantes, príncipes y reinas, como Isabel II. Hoy da tristeza ver esa avenida por el desorden y la suciedad en que se encuentra, debido a la proliferación de puestos de venta de verduras y por su decorado que consiste en unos potes de cemento forrados en mosaiquillos y unas fuentes que no funcionan y están llenas de mosquitos.

Nuestra pobre educación y falta de cultura urbana nos han llevado a permitir y a tolerar las malas decisiones, a presenciar cómo deterioran nuestras avenidas, barrios y patrimonio histórico, sin que nos pronunciemos con un: “No se debe”, “no se puede hacer”, “busquemos alternativas”. Ya lo vimos suceder en la avenida Central, que todavía es recuperable. Pero no se contaba con la decisión del gobierno de construir una avenida de circunvalación, bordeando la península en donde se encuentra el barrio de San Felipe, para imitar lo que se hizo en Cartagena. Señores del Gobierno que toman las decisiones finales importantes: No cometan la locura de rodear el barrio de San Felipe con una avenida que lleve hacia la avenida de los Poetas.

En los años de 1880 un corresponsal autorizado de The Gazette (periódico de Montreal, Canadá, fundado en 1770), visitó Panamá y describió el Paseo de las Bóvedas así: “Durante las magníficas noches de luna en el verano, ese lugar adquiere un doble atractivo; hay en el paisaje una mezcla de bellas montañas, de océano y de islas; ... todo bañado con los más puros rayos de la luna, que se disfrutan con el ruido del mar”. El canadiense visitaba todos los días las Bóvedas para disfrutar de ese lugar maravilloso.

Si este gobierno agrega al paisaje de las Bóvedas una avenida que traería contaminación, por el hollín de los carros, sus escandalosos pitos, los letreros luminosos gigantescos y con publicidad ordinaria y barata, se nos acabarán las delicias de una península que se introduce en el mar, precisamente, para huir del absurdo “progreso” de la capital que no respeta a nada ni a nadie. Aún estamos a tiempo de elegir opciones que no den al traste con el Casco Antiguo, quizás el más valioso de los activos que integran el patrimonio de nuestra ciudad.

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