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Ateísmo militante e intolerancia religiosa. Ruling Barragán Yáñez

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No todos los ateísmos son hostiles e intolerantes frente a la religión. Solo una clase lo es: el ateísmo militante. En efecto, a diferencia de otras formas de ateísmo, el militante se caracteriza, específicamente, por su particular hostilidad e intolerancia hacia las creencias y prácticas religiosas en general. Sin embargo, el carácter agresivo e intransigente de este tipo de ateísmo se debe a la idiosincrasia personal de sus expositores, más que al ateísmo per se. El ateísmo –comprendido de un modo más genérico y neutral– únicamente indica el rechazo o negación de cualquier creencia en Dios o seres supranaturales.

Desde un punto de vista filosófico, el ateísmo militante suele fundamentarse en dos premisas ideológicas: el materialismo y el cientificismo. Ambas premisas, sin embargo, están desacreditadas por el pensamiento filosófico contemporáneo.

El materialismo, como concepción filosófica del mundo, ha sido desfasado por el desarrollo de la filosofía de la ciencia contemporánea. Por su parte, el cientificismo, ideología para la cual las metodologías y explicaciones de las ciencias exactas y naturales son las únicas válidas para conocer y lidiar con la realidad, quedó también desfasado. En especial, desde mediados del siglo XX, con el desarrollo de los métodos de reflexión y análisis crítico de las ciencias humanas o sociales. Quienes han leído un poco de Apel o Habermas saben bien a qué nos referimos aquí.

Aun si admitiéramos la validez del materialismo y el cientificismo, el ateísmo militante no podría (al menos teóricamente) comprometerse con ciertos principios o valores a nivel ético-político. De hecho, no puede comprometerse con la lucha por la dignidad de la persona y los derechos humanos, porque estos principios no pueden deducirse lógicamente de una comprensión materialista y cientificista del mundo. El respeto por la dignidad, la libertad, la justicia o la solidaridad no se infieren naturalmente del materialismo ni del cientificismo.

Por otra parte, según Francis Fukuyama en su obra Our Posthuman Future, “la opinión de que la religión cederá necesariamente terreno ante el racionalismo científico, con el avance de la educación y la modernización es, en sí misma, de una ingenuidad extraordinaria y se aparta de la realidad empírica. Muchos sociólogos creían, hace un par de generaciones, que la modernización implicaba forzosamente la secularización. Sin embargo, esta pauta solo se ha seguido en la Europa Occidental; América del Norte y Asia no han visto ningún declive inevitable de la religiosidad a raíz del aumento de la educación o del conocimiento científico… Dado que no es probable que las personas con firmes convicciones religiosas vayan a desaparecer de la escena política de las democracias modernas, corresponderá a lo no creyentes aceptar los dictados del pluralismo democrático y mostrar una mayor tolerancia hacia las ideas religiosas”.

Estas observaciones de Fukuyama son aún más válidas para el ateísmo militante, ya que su agresiva oposición a las ideas religiosas está desubicado en el espacio de diálogo y convivencia pacífica que propician las democracias modernas.

En síntesis, el ateísmo militante no puede sostenerse sobre sus cimientos ideológicos tradicionales (materialismo y cientificismo); tampoco puede vincularse lógicamente con la defensa de los derechos humanos, porque estos no pueden deducirse de aquellas ideologías.

Por último, el ateísmo militante tampoco puede mantenerse ético-políticamente, pues navega contracorriente en dirección opuesta a la historia sociopolítica y religioso-cultural de Occidente, que se inclina más por la tolerancia religiosa y una cultura de paz entre las religiones e ideologías que buscan sentido a la vida.

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