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Un patrimonio histórico y cultural. Osiris Gratacós de Alvarado

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A cualquier joven de nuestro país le cuesta hacer comentarios sencillos de nuestra época relativos a las dictaduras de Torrijos y Noriega, porque no hemos actualizado nuestros libros escolares de historia; algo que, por cierto, ojalá estén haciendo nuestros educadores. Aunque podemos leer varias obras sobre el tema, son pocos los que tienen la iniciativa de comprarlas para educarse.

Nos guste o no, esa es nuestra historia y como dice el viejo adagio: “El que olvida su historia, está condenado a repetirla”, y quienes tuvimos la oportunidad de vivir en dictadura, estamos seguros de que no queremos que se vuelva a repetir. La residencia de Manuel A. Noriega, ubicada en San Francisco, nos revela un estilo de vida sustentado por la corrupción y todos los vínculos con el narcotráfico.

Nuestro sentido común nos indica que debe, tiene y puede convertirse en un museo, no como homenaje a Noriega y sus seguidores, sino una completa evidencia histórica y cultural de aquella época. Un sitio dondedeben exhibirse documentales, reportajes, fotografías, memorabilia y más, no solo de las llamadas autoridades de la época, sus métodos e instrumentos, sino en honor a la memoria de las víctimas, de los desaparecidos, de los torturados, para que cada generación conozca en detalle su sacrificio por la democracia y por la libertad, los testimonios de víctimas vivas, su dolor nunca saldado en los tribunales, los movimientos que surgieron y el rol de los medios, de la empresa privada y de la gente en el interior de la República.

Esta residencia pintada de blanco, una vez restaurada y equipada, permitiría que nacionales y extranjeros, generación tras generación, conocieran de primera mano la época de la dictadura; venderla o derribarla sería conveniente solo para los que, sin juicio de por medio, le heredaron sus actos, dineros, propiedades, soberbia y arrogancia, para estos lo ideal es que no quede rastro alguno de la época.

Este octavo museo de nuestra ciudad se dedicaría a evidenciar cómo surgió y cómo terminó esta época, pero sobre todo recordaría a todos y cada uno de los panameños y panameñas el alto precio que se paga ante el poder total de un solo hombre. La residencia de Noriega es parte de nuestro patrimonio histórico y cultural y debe permanecer allí donde está, recordándonos lo que jamás permitiremos que se repita.

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