Por lo general, si se nos pregunta por algún deporte como el fútbol, baloncesto o el béisbol, seguramente responderemos que es un juego, que tiene reglas, estrategias y que requiere de bandos contrarios (grupos de jugadores).
Si en países como España, Argentina o Uruguay (por nombrar solo algunos), se le hace la misma pregunta, seguramente dirán algo muy parecido, con la única diferencia de que en el imaginario de estos se contemplarán aspectos muy variados y poco vinculantes (para nosotros), como por ejemplo: historia, nacionalismo, economía, cultura, sociología, psicología, publicidad mediática, etc. A diferencia de nosotros, que pensaremos en pasión, vehemencia y algarabía.
La razón de estas diferencias radica en el concepto de deporte que tenemos. Para nosotros un partido de fútbol (por ejemplo) no es más que un juego; mientras que para países como Estados Unidos, Brasil, Alemania o Inglaterra un encuentro deportivo es todo para ellos (figurativamente hablando). Algunos alegarán que esto radica en que ellos han demostrado mucho en ese campo y no se pueden dar el lujo de perder como nosotros.
Este pesimismo, aunque internalizado, radica en el poco esfuerzo que se ha hecho para constituir un escenario deportivo propicio para el desarrollo de esta área del saber humano.
En la época franquista de España, este dictador se encargó de nacionalizar y promover el equipo del Real Madrid por toda Europa, logrando convertirlo en símbolo e insignia del reino. Por otra parte, equipos internacionales como el Barcelona Fútbol Club tuvieron que hacerse de un espíritu emprendedor, el cual unió estrategia económica de promoción y divulgación; además de una nómina selecta de jugadores universales, que provienen de todas partes del mundo; logrando así que muchas personas de distintas etnias y clases sociales se identifiquen con ellos: “el equipo del pueblo”.
No obstante, a pesar de este manejo ideológico y económico del deporte, lo que hay que rescatar es la idea de planificar equipos (en todos los deportes), con una clara identidad nacional, que exija generar historia; una óptica economicista que permita hacerlos autosostenibles y enmarcados en un perfil promocional; publicitarlos, al igual que se hace con las marcas en los tabloides cosmopolitas; constituir un espíritu antropológico de cultura deportiva a todos los niveles educativos; someter a la psicología de los jugadores como la de los aficionados la motivación y automotivación de lo posible, evitando así el efecto de respeto institucionalizado e internalizado como carta de presentación con los equipos históricos.
Solo cuando adoptemos este concepto de deporte podremos soñar con los ojos abiertos. Como dice un viejísimo refrán, que cita “Roma no se hizo en un día”; es cierto, pero la voluntad para edificar este imperio de la antigüedad solo tomó un cambio de perspectiva y coraje para imponer la utopía a la realidad.


