La designación de Harry Díaz como magistrado de la Corte Suprema de Justicia, por parte del Ejecutivo, ha levantado injustificadas críticas de algunos grupos, y recalco la palabra injustificadas, porque a Díaz le sobran méritos para formar parte de la Corte.
Las principales críticas son: que se desconoció el procedimiento del Pacto de Estado por la Justicia, que Díaz forma parte del círculo íntimo del presidente Martinelli, que su designación no es objetiva y que su nombramiento genera un conflicto de intereses. En resumidas cuentas, el argumento central es que no pasó el filtro de la sociedad civil. Palo, porque boga y palo, porque no boga.
Sus detractores muy poco conocen de la trayectoria de Díaz, a quien por razones personales conozco desde hace muchos años. Fue mi estrecho colaborador y asesor como director del Departamento Legal de la Autoridad de la Región Interoceánica (ARI). Allí se desempeño con una total transparencia y profesionalismo. Fe de ello la pueden dar los antiguos directores de la entidad, cuando semanalmente los ilustraba sobre los proyectos a ser considerados y ningún concesionario o adquiriente de bienes de ese entonces puede levantar la voz sobre actos irregulares o coimas. De salida, a Díaz lo están crucificando.
A él no se le puede endilgar el formar parte del círculo íntimo del Presidente, pues no forma parte de la rosca del poder. Además, las posiciones que ha ocupado las debe a su trayectoria profesional. Díaz, además de su trabajo de la ARI, también, fungió como secretario general de la Zona Libre de Colón, director de la Oficina del Tratado de Asistencia Legal Mutua y asesor del Instituto Nacional de Deportes, y en todas ellas su gestión se caracterizó por su buen juicio y criterio.
Hace unos meses, pasó el filtro de la Asamblea Nacional en relación a su postulación como fiscal del Tribunal de Cuentas. Y allí, miembros de la oposición y de la alianza, pudieron comprobar que no tenía ni techo de vidrio ni rabo de paja.
¿Por qué no evaluar sus méritos y capacidades? Por el contrario, se buscan argumentos muy sutiles con la mera finalidad de desmerecer este nombramiento.
Finalmente, para la consideración de algunas mentes morbosas, Díaz no necesita de un puesto público para aumentar su patrimonio a punto de aceptar coimas o sobornos. Lo importante en la vida pública es dejar una huella nítida, transparente para orgullo de sus hijos.


