WASHINGTON, D.C. –Todos nos sentimos egipcios el viernes, compartiendo el júbilo incontenible de un movimiento popular que superó todas las expectativas hasta lograr su propósito, pacíficamente.
Fue una cosa bellísima. Esos millones de egipcios –“armados solo con Facebook y el poder de sus convicciones”, como dijo Mohammed ElBaradei (premio Nobel de Paz y líder pro democracia)– sacaron del poder a un dictador que llevaba 30 años de gobernar con mano corrupta y sangrienta.
Les tomó solo 18 días de manifestaciones masivas, aunque con episodios de represión que aparentemente cobraron unas 300 vidas; eso es una tragedia, obviamente, pero hubo momentos en que se temía que el saldo en sangre fuera mucho mas terrible.
No lo fue por la sencilla razón de que el Ejército egipcio –a diferencia del panameño, insisto– rehusó dispararle a su pueblo. En el momento que escribo esto –el viernes al mediodía– no se ha revelado exactamente cómo fue la pugna interna entre Mubarak y militares antes del desenlace. Según The New York Times, Human Rights Watch acusa que sí hubo unidades militares involucradas en abusos, pero que el jefe del Estado Mayor egipcio le aseguró a los militares estadounidenses que sus fuerzas “no le abrirían fuego a civiles”. El secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert Gates, tildó de “ejemplar” la conducta de los militares egipcios en la crisis.
¿Qué habrán pensado los sobrevivientes de la plaza Tiananmen, al ver el comportamiento del Ejército egipcio? Yo estuve en Beijing en mayo de 1989, cuando comenzaron las manifestaciones en Tiananmen. Un día, nuestro grupito turístico quedó sumergido en medio de una marcha absolutamente gigantesca y absolutamente pacífica. Al avanzar, veíamos que cada puente y paso elevado estaba repleto de soldados fuertemente armados; me dio miedo, porque en Panamá, a la época, ya sabíamos bien lo que ocurría cuando soldados armados eran enviados a encontrarse con una marcha popular. Pero nada de eso ocurrió ese día. Por el contrario, los manifestantes –que eran jóvenes– mostraban el mismo entusiasmo que vimos esta semana en Egipto; vi pancartas que decían “thank you, BBC”, en agradecimiento por los reportajes de los medios extranjeros. Qué distinto es el Ejército chino del panameño, pensé; pero a los pocos días descubrí, para mi horror, que no había diferencia. Desde Tokio, vi la masacre por televisión.
Esta semana, temí que las manifestaciones de la plaza Tahrir terminaran como las de Tiananmen y doy gracias que no haya sido así. Doy crédito al Ejército egipcio, pero no sin, también, desconfiar de cómo manejará lo que viene ahora. “Egipto es en verdad una dictadura militar... El ejército no va a permitir calladamente que se instale un orden democrático que totalmente les quite los poderes y los privilegios”, advirtió Fareed Zakaria, editor de Newsweek International y director de un programa sobre política internacional en CNN.
Él y algunos otros comentaristas observan que si el ejército le ha sacado la tabla a Mubarak, es para tomar las riendas del poder ellos mismos. La renuncia de Mubarak lo dispuso explícitamente, entregando el país al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. El riesgo es que todo esto resulte en cambiar el dictador sin deshacer la dictadura, o sea, una versión egipcia de noriegato sin Noriega. Ojalá me equivoque. El viernes en la tarde, el presidente Barack Obama enumeró las cosas que tienen que ocurrir para poner a Egipto en el camino hacia democracia verdadera.
Pero, antes de concluir, regreso al horror de los soldados que le disparan a su propio pueblo, porque lo estamos viendo repetidamente ahora mismo en Panamá, cosa que es repugnante e inaceptable. Los de ahora dizque son “policías”, pero parecen gorilas y actúan igual. Los acontecimientos de esta semana en San Félix son alarmantes y, nuevamente, advierten de un serio deterioro en el respeto oficial a los derechos humanos de los panameños más vulnerables. Esto no puede continuar.


