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Deshojando margaritas. Dicky Reynolds O’Riley

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Puedo decir que esta frase es cursi, encasillada, un cliché para indicar el problema grave que tenemos en Panamá, el asesinato de mujeres. Somos candidatos a convertirnos en una especie de ciudad Juárez, por la proporción de los crímenes con respecto a la población que aquí habita y las motivaciones que las producen. Todos los días están siendo titulares de crónicas rojas, amargo destino.

En realidad se destruyen jardines se arrancan vidas, cuales plantas, de cuajo, depósitos de la simiente. Nuestra cultura ha sido permisible con criterios errados de etiquetar los conflictos o agresiones como “peleas de marido y mujer” y, por lo tanto, no nos es dado intervenir en ellos, falso. Como personas tenemos la obligación individual o colectiva de proteger a nuestro conciudadano (a) o vecino (a) o pariente.

No se debe justificar la conducta del agresor en el sentido que el mismo reproduce traumas que ha vivido y por ello termina descalificando o condenando a la víctima. Para hablar de la mujer como persona no basta el mero romanticismo de decir que es el ser que Dios puso en la tierra para sembrar el amor, faltan más que poemas sino enunciados concretos y dejar a un lado las media tintas.

Este escrito solo va encaminado, de manera reflexiva, al problema de la violencia doméstica sin entrar a considerar u observar las agresiones en el ámbito delictual como robos, violaciones y otros ultrajes, enfocados en su género como mujer o aquellas discriminaciones en materia política o laboral.

Se deben crear más políticas para concienciar a nuestros hijos en cuanto al respeto de los derechos humanos, no solo de la mujer, como piedra angular sino para mantener la armonía de todos los que conformamos el conglomerado social, por ser ellos la génesis de los cambios sociales a mediano y largo plazo.

La mayoría de los ciudadanos desconocen o no ponen en práctica la cartilla, como agentes de difusión de cambios, para evitar que se observen como normales los titulares a los cuales hemos hecho alusión al inicio de esta alocución.

No podemos dejar que un simple “me quiere o no me quiere” sea el detonante de una epidemia de crímenes, que pareciera nos está inmunizando, por la frecuencia y regularidad como se repite, creando el anticuerpo de la indiferencia o peor aún, de la costumbre.

 

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