Aprovechando la instalación de la Comisión del Salario Mínimo, se han alzado voces pidiendo al Gobierno que se decrete un aumento general de salarios. El aumento del costo de la vida y el hecho de que no se haya decretado un aumento general de salarios en décadas son algunos de los argumentos que han sido esgrimidos para justificar esta propuesta. Los panameños, tan orgullosos de nuestro ingenio y astucia, pecaríamos de inocentes si caemos en la tentación de creer que existen los almuerzos gratis.
Milton Friedman, uno de los economistas más influyentes del siglo XX, solía decir que no existen los almuerzos gratis. Preparar la comida y obtener la bebida tienen un costo. Si usted no paga por su almuerzo directamente, lo hará indirectamente u obligará a alguien más a hacerlo por usted.
Pensar que decretar un aumento general de salarios aumentará el nivel de vida de los panameños es pensar que existen los almuerzos gratis. En el mejor de los casos, un aumento general de salarios se traducirá, simplemente, en un aumento del nivel de precios de igual magnitud. En términos reales la situación seguirá igual, pues el poder adquisitivo de los salarios no cambiará y los cheques de quincena de los panameños alcanzarán para comprar exactamente la misma canasta de bienes que ahora compran. En el peor de los casos los sectores “beneficiados” por este aumento estarían enfrentando un incremento del nivel de desempleo. Me es difícil imaginar una propuesta más ineficaz e ineficiente que esta para mejorar el nivel de vida de los panameños.
No existen los almuerzos gratis. La única forma de aumentar el nivel de vida de los ciudadanos de un país es a través del crecimiento económico y no existe una mejor manera de promover el crecimiento económico que a través de la disciplina que los mercados imponen en empresas y empleados, por igual. El sistema de mercado asegura que el buen trabajador sea bien remunerado y esto, a su vez, incentiva la productividad y la búsqueda de la superación personal. Los mercados premian con mejores resultados financieros a aquellas empresas eficientes que compiten por la atención del público con productos y servicios de calidad y buen precio.
La función del Gobierno no es decidir a qué precio se vende este o aquel producto o cuánto vale una hora de trabajo. La función del Gobierno consiste en ser el celoso garante del cumplimiento de las leyes y de facilitador para que los beneficios que la competencia trae a empresas y trabajadores se terminen materializando. Pocas situaciones atentan más contra el bienestar económico y las perspectivas de crecimiento de un país que un sector empresarial protegido de la competencia, un sector laboral que se escuda en leyes y códigos para obtener beneficios y un gobierno que se involucra en tareas que no le corresponden.
La verdad no sé si es que los propulsores de esta medida, en especial algunos compañeros de profesión, no se han tomado la molestia de informarse, o si es que se han abocado simplemente a defender una propuesta sin fundamento científico. Lo que sí tengo claro es que definitivamente no han escuchado otra de las frases favoritas de Milton Friedman: “El camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones”.


