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Dos crisis. Guillermo Sánchez Borbón

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Yo tenía cinco años de edad cuando se precipitó sobre el mundo la gran crisis económica de 1929. Claro está que, a la edad que tenía a la sazón, no me di cuenta de la magnitud de la catástrofe. Solo pasados unos años empezó a abrirse paso en mi conciencia. De pronto, desaparecía uno de mis condiscípulos. Al principio preguntaba por él, solo para recibir la misma respuesta: “Se fue para Colón (o para Panamá)”.

Sus padres iban a buscar un trabajo imaginario porque las dos ciudades terminales también estaban agarrotadas por la crisis. Cuando yo cursaba el sexto grado de primaria, la próspera ciudad de 15 mil habitantes que era el Bocas del Toro de mi primera infancia, quedó reducida a una fantasmal aldea de 2 mil habitantes. Ahora la malaventura me ha hecho la siniestra broma de repetirme la dosis. Una de las características más inquietantes de la crisis actual es que el desempleo está unido a una desaforada inflación. Es curioso: no puedo recordar lo que hice ayer, pero mi memoria grabó vívidamente acontecimientos que ocurrieron hace 75 años.

A diferencia de la crisis actual, en aquella todo era muy barato. Recuerdo haber acompañado a almorzar (en un pequeño restaurante chino) a un condiscípulo. Pidió un arroz con frijoles y puerco (el puerco era un trocito de manteca coronado por una microscópica porción de carne grasosa). Todo eso costaba un medio. Mientras tanto, se nos había unido otro condiscípulo, que no tenía el medio para pedir su propia porción. Mi amigo seguía cenando con deleite su arroz con frijoles, dejando para el final la manteca de puerco.

Cuando se disponía a darle matarile para coronar dignamente su cena, se le adelantó el recién llegado y se la comió de un solo bocado. He visto mucha gente enojada en mi vida, pero en ninguna de ellas la furia alcanzó la intensidad homicida que demudó el rostro de mi amigo. Agarró al ladrón por el pescuezo, y no lo estranguló gracias a la oportuna intervención del cocinero chino, quien restableció la paz dándole a la víctima del despojo un pedacito de puerco del mismo tamaño que el que le había birlado el ladrón de cerdo (o el cerdo del ladrón).

En aquel tiempo, podías comprar un bacalao entero por cinco centavos, y una langosta gigantesca por la misma suma (hoy, para comer una langosta, tienes que ganarte antes la lotería, o ser tan rico como Martinelli). Los muy pobres, cuando almorzaban o cenaban bacalao, cerraban antes, avergonzados, todas las puertas y ventanas de sus casas para que los vecinos no pudieran oler su mala situación económica. Con los precios de hoy, abrirían puertas y ventanas para que sus vecinos olieran lo bien que les iba.

No soy –gracias a Dios- economista, y no puedo trazar el origen y causa de la calamidad actual, pero conozco bien algunas de sus agravantes. Cuando Clinton salió de la Presidencia, dejó (por primera vez en muchos años) un gigantesco superávit.

Antes debo recordar algo: cuando Estados Unidos fue arrastrado a la Segunda Guerra Mundial, lo primero que hizo el presidente Roosevelt fue subir a todos el impuesto sobre la renta para pagar la guerra. Como había pleno empleo (gracias al conflicto) los capitalistas, que ganaron fortunas, no protestaron. Gracias al férreo control de precios, no hubo inflación. Recuerdo que en Panamá un hot dog costaba en los restaurantes populares 5 centavos de dólar y una hamburguesa, 10. Gracias a esta medida, y a otras igualmente inteligentes, se evitó la inflación. No solo eso. Estados Unidos salió de la guerra convertida en la mayor potencia de la historia.

Compara tú esa política inteligente con la del irresponsable que gobernaba el país cuando fueron a la guerra actual. Lo primero que hizo fue bajar los impuestos a los ricos. Clinton le había dejado (por primera vez en muchas décadas) un cuantioso superávit que en tiempo récord se volatilizó, trocándose en una monstruosa deuda pública que ha empujado el país al borde de la quiebra.

Bush se lanzó a castigar a Irak por haber tenido la avilantez de atacar a Estados Unidos (lo que no explicó fue que codiciaba el petróleo de Irak). Luego, porque al fin y al cabo Estados Unidos es una democracia, los investigadores gringos buscaron afanosamente las armas atómicas que, según su Presidente, estaba construyendo Irak. No había ni señas de ellas, por la sencilla razón de que nunca existieron. ¿Entonces por qué Husein no dejó que los especialistas gringos registraran al país antes de la guerra para que comprobaran que nunca hubo armas atómicas fuera de la febril imaginación de los enemigos árabes del dictador?

Comparto plenamente la tesis de un investigador de The New York Times: Husein temía que si el demente de Irán descubría que él no tenía armas atómicas, se sentiría irresistiblemente tentado a atacarlo. Y lanzó el grueso de sus tropas contra Husein, y atacó de mala gana al verdadero culpable de la destrucción de las torras gemelas y de la muerte de millares de norteamericanos. No solo metió a su país en una guerra demencial para apoderarse del petróleo de Irak, sino que, obsesionado por éste, descuidó la lucha contra el verdadero culpable de la destrucción de las torres gemelas. Hizo posible que se armara prácticamente y recuperara toda la fuerza militar que tenía antes del conflicto.

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