Desde que escuché, por primera vez, la historia sobre piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros, la relacioné con el mar de las Antillas. Sin embargo, parece que los primeros piratas aparecieron en el mar Egeo, ya que es una palabra de origen griego.
Los piratas eran (¿eran?) ladrones del mar (¿solamente del mar?) que actuaban fuera de la ley y sus fines no eran políticos. Así como se lee: no eran políticos.
En la escuela me enseñaron que los piratas no tenían que rendirle cuentas a nadie y que en nuestra América se dedicaron a asaltar los barcos (y también poblaciones) de bandera española que partían desde Portobello cargados de oro y plata que venía del Pacífico sur del continente.
Paralelamente a estos perros del mar existieron los corsarios que no eran otra cosa que piratas, pero con autorización por escrito del rey de la nación a la que pertenecían para perseguir y saquear los barcos y poblaciones de países enemigos. Es decir, tenían patente de corso.
Otros que asolaron barcos y posesiones españolas fueron los bucaneros. No obstante, el origen de esta palabra no tiene relación alguna con la actividad de los salteadores, ya que para los indios caribes el boucan era algo parecido a una barbacoa que utilizaban para ahumar la carne y aprovisionar los barcos. Esta práctica la utilizaron ingleses, franceses, esclavos fugados, holandeses, exiliados, piratas, criminales, desertores, etcétera que se establecieron en La Española e isla Tortuga.
España no permitió que “sus” islas estuviesen ocupadas por quienes no reconocían su autoridad; por lo tanto, atacaron isla Tortuga y mataron a todos los que no se rindieron.
Los que se salvaron juraron vengarse y constituyeron “La Hermandad de la Costa”. Entonces, los bucaneros se dedicaron a abordar y capturar barcos españoles. Por esa razón, relacionamos el término bucanero con el de pirata.
Por su parte, los filibusteros se diferenciaban de los otros piratas porque no se alejaban de las costas, bordeándolas y saqueando las poblaciones costeras.
Los que han visto alguna de las películas de la tetralogía de Walt Disney (Piratas del Caribe) pueden estar seguros de que Jack Sparrow, Héctor Barbossa, Boostrap Bill, y demás son, totalmente, personajes ficticios; además, son chichas de piña al lado de los corsarios y filibusteros que han encontrado tierra propicia en las riberas del océano Pacífico, para poner en práctica métodos sofisticados de piratería: tráfico de influencias y de personas, “préstamos electorales”, cobro de “coimas”, transfuguismo político, incumplimiento de compromisos internacionales, desprotección de monumentos históricos, represión y aniquilamiento de los originarios, etcétera.
Al igual que muchos piratas de antaño, los de hoy se han hecho ricos, gracias a los tesoros que han acumulado; pero los contemporáneos no entierran sus tesoros en cofres para evitar el saqueo de otros piratas, sino que los depositan en cuentas bancarias.
A todos esos facinerosos de siglos pasados, cuando eran tomados prisioneros, se les sometía a juicio y eran ahorcados en las plazas públicas. Ay… cómo quisiera que se rescataran esos juicios.


