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El sonido del cuerno. Ela Urriola

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El pintor Henry Delacroix inmortalizó en una obra simbólica titulada La libertad guiando al pueblo la lucha de los parisinos contra las órdenes de Felipe X de disolver el Parlamento en 1830.

Jean-Jacques David, el gran maestro del neoclásico, plasmó la oposición de los Estados generales (la Asamblea francesa) a la disolución dictada por Luis XVI en el cuadro El juramento del juego de pelota, evento en el que se consagraron los principios de la Revolución Francesa de 1789.

William Campbell, cronista gráfico de la historia inglesa, retrató la sesión del Parlamento en que se rechazó la orden de Carlos I de disolver ese organismo, provocó el levantamiento de 1648 y el inicio Revolución Inglesa.

Tres movimientos revolucionarios que marcaron la historia de Occidente y sentaron las bases del Poder Legislativo como pilar de la democracia moderna, y en los cuales los tres monarcas perdieron sus reinos –los dos últimos también sus cabezas– al confrontar la expresión de la “voluntad general”, exaltada por Jean-Jacques Rousseau y John Locke, puesta en manos del Poder Legislativo.

A pesar de los heroicos precedentes del parlamentarismo occidental, el Órgano Legislativo panameño se aleja cada día más del modelo histórico para acercarse a lo virtual, lo kafkiano y lo caricaturesco.

Lo virtual, porque su representatividad es ficticia, lo kafkiano por el absurdo de sus justificaciones y lo caricaturesco por el ridículo que asoma tras cada uno de sus actos. Comprendemos que los allí sentados no tengan, y tampoco se les pide, la elocuencia del conde Mirabeau, la incorruptibilidad de Maximilien Robespierre, la pluma convincente de François Guizot, ni la templanza de carácter de Oliver Cromwell, pero por lo menos deberían mostrar un poco de estima personal.

Receptores de instrucciones, evitan las contradicciones para no tener que tomar partido; sordos a la voluntad del pueblo se embelesan con discursos pregrabados; expectantes de la mano generosa, se muestran más atentos a los requerimientos de los poderosos que a las aspiraciones de sus electores; atrapados entre servir a los coreanos o ser fieles a los panameños esperan anhelantes el sonido del cuerno.

En los inicios del gobierno del cambio, cuando el director de Fondo de Inversión Social reveló la corrupción generalizada en el uso de los fondos de esa institución por parte de los diputados de las tres bancadas, muchos panameños creyeron que era el momento de un saneamiento de la institución y la apertura a una nueva era para el Órgano Legislativo. Otros, con mayor malicia, mantuvimos el criterio de que el Ejecutivo no perdería la oportunidad de mantener una espada de Damocles con las auditorías sobre la cabeza de los implicados.

En efecto, el silencio (no de los inocentes) cayó sobre la oscuridad del hemiciclo y el asunto quedó en otro capítulo de telenovela. Marionetas manejadas por los hilos de las investigaciones pendientes, los diputados cantaron una y otra vez loas al Sr. Presidente y se aprestaron a servir de arlequines palaciegos y patéticos trovadores. El resultado es una cadena de legislaciones inconsultas, impopulares y contradictorias emanadas de los desvaríos de los Consejos de Gabinete.

Elegidos, fabricados, tránsfugas, recatados, sumisos o encrespados esperan que el dedo del rey Midas caiga sobre ellos para convertirlos en piezas de dorado metal. En esa ensoñación estéril no se percatan de la lógica interna de las leyes que aprueban ni la finalidad de las mismas.

En una cadena de imposiciones aprobaron la llamada ley “carcelazo” para legalizar la represión; la ley “chorizo” para garantizar la impunidad policíaca, cercenar los derechos de los trabajadores, y minimizar los controles de la Anam; impávidos vieron absorber la Dirección de Catastro en la Autoridad Nacional de Tierras y Aguas, y como cosa de otro mundo presenciaron la intervención del Tribunal Electoral en las elecciones de los dirigentes de la región gnäbe, sin pensar siquiera que todas eran pasos previos para concretar la explotación minera como proyecto de Estado destinado a engrosar fortunas personales.

Ajenos a los clamores de indígenas y campesinos, de las agrupaciones cívicas, de mujeres golpeadas, de niños y jóvenes que no podrán disfrutar jamás de los bienes que la naturaleza les prodigara, dan la espalda a ese pueblo que los eligió para empeñarse en rumiar mezquinas pretensiones.

Es posible que mi percepción de la democracia representativa esté equivocada y piense en el modelo forjado por las civilizaciones de Occidente y en los pueblos que salieron a su defensa; cuando en realidad me enfrento a un reducto del gamonalismo latinoamericano del siglo XIX que bien sirvió a dictadores de triste recordación y que, de seguro, nadie saldrá a defender.

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