Escriben los Iván Flores en su biografía de Onofre Quintero Sánchez: “Días después Titico volvió para decirme que algunos [guerrilleros] habían decidido regresar [a Panamá]. Yo le manifesté que iría al aeropuerto a despedirlos el día de la partida. Juan González, Billy Mojica, Alcibiades Santamaría, Evelio Quintero E. y su hermano Arcadio Mojica Suiranoc, etc, regresaron. Yo viajé a Tegucigalpa a despedirme de todos los que habían decidido regresar”.
“En agosto de 1970 nos llamó nuevamente el cónsul para manifestarnos que Torrijos nos ofrecía nuevamente la oportunidad de regresar a Panamá”. “Ésta sería la última oportunidad, ya que de no aceptar” cancelaría la oferta.
“El 31 de octubre de 1970 nos trasladamos a Tegucigalpa. Luego de 20 meses de exilio, estábamos listos para regresar a nuestro país”.
Debo terminar estos apuntes ocupándome ahora –bajo mi exclusiva responsabilidad– en el caso de Walter Sardiñas. Dos ex combatientes me contaron que, cuando se reincorporaron a la lucha armada, Sardiñas los esposó con la intención de vendérselos a la Guardia tica. Después de algunos percances lograron fugarse.
No dudo que los detuvo, pero no creo que fue para vendérselos a los militares ticos.
Sardiñas era un uruguayo que andaba en busca de una causa. El azar quiso que se vinculara al grupo de los “boinas negras”
de Panamá. Llegó cuando el país estaba en plena efervescencia poselectoral. Y se unió a quienes luchaban porque se reconociera el triunfo de Arnulfo Arias en las elecciones de 1968. El uruguayo debe haber participado en la balacera que escenificaron este grupo y la fuerza de choque de los liberales. Estos sufrieron 13 heridos de bala, todos –milagrosamente– leves. Pero esto decidió al entonces jefe de la Guardia Nacional, Lilo Vallarino (acosado por el fantasma de una guerra civil), a reconocer la victoria de Arnulfo, a cambio de que éste respetara el escalafón de la Guardia. A su vez, Lilo renunciaría a su cargo de Comandante Primer Jefe. El presidente Arias violó en todas sus partes el acuerdo, suministrándoles a los militares el pretexto ideal para el golpe de Estado que de todas maneras iban a dar.
Sardiñas quedó al garete. Ignoro cómo fue a parar a Costa Rica, y cómo se vinculó en ese país a los futuros guerrilleros panameños. El hecho es que regresó a nuestro país junto con los panameños que se habían fugado de Costa Rica para regresar a Chiriquí. Si bien los guerrilleros arriba mencionados me hablaron mal de Sardiñas, otros se refirieron a él en términos muy elogiosos. Sardiñas participó con el grupo que derrotó a la Guardia en Piedra Candela. Ahí pierdo su rastro.
En 1970 yo estaba en San José. No recuerdo la fecha exacta, pero un día los periódicos costarricenses informaron de que la policía tica había dado muerte a Sardiñas en un intercambio de disparos. Tres esbirros panameños del régimen fueron a llevarles su recompensa a los asesinos; el dinero (25 mil o 30 mil dólares, no recuerdo la suma exacta) era a la sazón una pequeña fortuna.
Pero, gracias a Dios, Costa Rica es una democracia. Los dos forenses que intervinieron en el caso hicieron picadillo la versión de los asesinos. Demostraron que en la habitación solo había disparos de afuera para adentro, ninguno de adentro para fuera. Además, Sardiñas estaba mortalmente enfermo. Aunque hubiera querido, no habría podido disparar. Como tenía monstruosamente hinchados el cuerpo y el rostro, no estaba en condiciones de defenderse a tiros, como alegaban los policías asesinos.
A la dictadura panameña no le interesaban estos detalles. Quería a Sardiñas muerto y sanseacabó. Tampoco le preocupó las indignadas denuncias del cónsul uruguayo, quien acusó a la policía tica de haber asesinado vilmente, a sangre fría y sin que mediara ninguna provocación, al moribundo Walter Sardiñas. ¿Por qué lo mataron? Porque si lo hubieran arrestado, habrían tenido que deportarlo al Uruguay, y los policías ticos no hubieran podido cobrar la jugosa recompensa.
Días después del asesinato, yo hablé con el propietario de una pulpería, situada cerca de la pobrísima pensión en que vivía Walter. Me contó que –antes de que empezaran los tiros– la policía tica lo obligó a cerrar su establecimiento y a irse lo más lejos posible. No le dieron ninguna explicación. Cuando, al día siguiente, los diarios ticos publicaron la noticia del crimen, al pulpero se le iluminó el cerebro.


