Hoy han vuelto a mi memoria dos sentencias. La primera es de lord Acton: “El poder siempre corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Todos los grandes hombres son malos”. Demás está decir que Acton se refería a los llamados grandes hombres políticos, no a figuras como san Juan de la Cruz, por ejemplo, que era, a la vez, un gran hombre, un gran poeta, un brillante pensador y un santo.
Habría que complementar la espléndida sentencia de Acton con otra de Elías Canneti (genial pensador sefardita galardonado con el premio Nobel de Literatura): “No es que el poder vuelva locos a los hombres. Es que solo los locos buscan el poder. Y el poder, por su misma naturaleza maligna, solo va a parar a las manos de los locos”.
Sin ir más lejos, el siglo pasado fue muy pródigo en ejemplos que ilustran (mejor dicho, prueban) las dos sentencias arriba citadas. Cosa aparte sería la extraña fascinación que los orates ejercen sobre las masas. Hitler, por ejemplo, estaba (como solía decir Diógenes de la Rosa de un ñame criollo) “más loco que un regimiento de cabras”. Y, sin embargo, casi todos los alemanes –incluyendo a sus enemigos mortales de la víspera– estaban dispuestos a dar la vida por él, cuyo mal no estaba reñido con la sagacidad política de corto plazo. Estos ñames son incapaces de prever las consecuencias de largo alcance que tendrán sus efímeras victorias.
Aquí hay un misterio indescifrable. En el período anterior al ascenso de Hitler al poder, el partido mayoritario de Alemania era el Social Demócrata. Por su parte, el Partido Comunista sacaba unos 6 millones de votos en las elecciones. Si se hubieran unido los dos grandes partidos obreros, habrían impedido el ascenso de Hitler al poder. Pero ambos estaban demasiado ocupados combatiéndose mutuamente para enfrentar unidos al enemigo común. Cuando Stalin se sacó de la sesera la consigna del Frente Popular, era ya demasiado tarde.
Es cierto que en la República de Weimar, nazis y comunistas con frecuencia se enfrentaban violentamente entre sí, con un saldo aterrador de bajas. Pero Stalin era un maníaco homicida. Sin ir más lejos (y sin mencionar a los millones de compatriotas que asesinó, incluyendo a todos los dirigentes bolcheviques que hicieron y consolidaron la revolución rusa), Stalin sufría de una atroz manía de persecución (mal que no está reñido con la sagacidad política) que se cebó en la flor y nata del Partido Bolchevique, ahorrándoles a los nazis la fatigosa tarea de asesinarlos.
Lo más misterioso de su caso es la atracción irresistible que ejerció sobre ilustres intelectuales extranjeros, la mayoría de los cuales estaban fuera del alcance de la Policía Secreta Soviética, que hubiera recompensado su fidelidad al Partido Bolchevique asesinándolos.
Y, sin embargo, tanto los comunistas rusos como algunos extranjeros (refugiados políticos en la URSS) murieron gritando “Viva Stalin”, antes de caer abatidos por las balas de sus camaradas rusos.
Lo más asombroso del caso es que el querido camarada Stalin declaró que primero había que acabar con los socialdemócratas, antes de enfrentarse a los nazis, el enemigo común de los dos grandes partidos obreros. El resultado de esta tesis demencial fue que los nazis en el poder destrozaron a sus dos grandes opositores de la izquierda.
La cita de hoy: “La familia que roba unida, permanece unida”.


