Desde que el visionario William H. Aspinwall estableció la ciudad terminal del ferrocarril, y sus amigos la denominaron “Aspinwall” en su honor, salió a relucir la envidia y el menosprecio hacia las personas no hispanas. Desconociendo la grandiosa labor de este visionario, el Gobierno rechazó esa designación y oficializó el nombre de la ciudad con el de Colón.
¿Fue justa esa designación? Para nuestro ilustre historiador Ernesto J. Castillero R. no lo fue. En el suplemento Estampa, 28 de enero de 1968, él detalló el gran esfuerzo para construir el ferrocarril y establecer esa ciudad, 30 años después de la salida abrupta de los españoles del istmo. Sostiene que el sacrificio y pecunio no fue suficiente recompensa, por el monstruoso logro de convertir a Panamá en el primer país de transporte mecanizado intermodal de pasajeros y carga entre dos mares.
El problema fue que el Aspinwall era norteamericano y pobló la ciudad de anglo antillanos, acentuando aun más la dominación anglo hablante. Por eso, sufrió las consecuencias y sus logros fueron puestos en el cesto del olvido. Ni una calle o plaza recuerda el hecho prodigioso de ese sacrificado norteamericano.
La ciudad de Colón se desarrolló con una arquitectura anglo caribeña de tablas muy diferenciada de la arquitectura española estructurada de cal y canto. El reparto de sus calles y avenidas, para muchos, emula al de la ciudad de Manhattan, en Nueva York, y fue sede de las primeras congregaciones judía y protestante, antecediendo a la católica por muchos decenios. Fue además, punto de encuentro de la reina Isabel de Inglaterra, de más de cinco presidentes norteamericanos, políticos exiliados, pintores, científicos frustrados y músicos, pero no ha sido suficiente para convertirla en patrimonio de la humanidad.
Sus deportistas superaban con creces a los centroamericanos con récord de velocidad y proezas que les aseguraban los primeros títulos y medallas mundiales. La música jazz, swing, waltz, calipso y rock and roll deleitaba el ambiente, el tamborito y el punto no se conocía.
En estas últimas fechas he leído del esfuerzo de algunos arquitectos por rescatar el patrimonio arquitectónico, sin embargo, por la falta de visión y de una política en el ámbito local no han podido emprender un programa dirigido a definir su historia. Esto no es de asombrar, pues hace 160 años se rechazó el nombre y se negó el papel de los protagonistas históricos.
Valdría organizar un fórum, con preclaros y honestos estudiosos de la historia de la ciudad de Colón, con el único propósito de definir certeramente su historia, sin sesgos ni falsedades. Solo así la ciudad de Colón podrá retomar su grandeza y honrar a aquellos que le dieron vida.
Posiblemente desaparecerán de las calles los nombres de Bolívar, Balboa, Arosemena, Herrera, Domingo Díaz y Boyd, reemplazados por los de Aspinwall, Stevens, Chauncy, Al Brown, Clark, Laguna, 27 de febrero, Conner, Tagarópulos, 5 de noviembre, Dely Valdés, Butcher, Giscombe o Bazán. Nombres de personas que conocían de su existencia y de los hechos que le atañen. Entendamos bien, la Colón ciudad no es hispana.


