PACO GÓMEZ NADAL Las cosas son como parecen ser. Esta semana recibimos dos honorables visitas: la del Primer Ministro más desacreditado de Europa y la del Presidente más esquilmador de Asia. Que el demonio nos agarre confesados.
No está claro por qué viene Berlusconi, si a una fiesta degenerada o a explorar algún negocio oscuro ofrecido por nuestro anfitrión, el rey de lo inconsulto, el finquero de Panamá. El segundo sí sabe a qué viene: a cerrar el negocio de cobre en Cerro Colorado, para el cual el finquero ofreció cambiar leyes y poner alfombras rojas. El proyecto del Súper Panamá 99 (P-99) va avanzando, cada vez nos parecemos menos a un país y más a un supermercado. Lo que corresponde a un país serio y democrático no funciona (educación, seguridad pública, Caja de Seguro, tránsito…), pero todo lo que corresponde a la lógica empresarial especulativa va de maravilla. Este es el reino del descaro empresarial, de los negocios multimultimillonarios, de la corrupción vestida de cambio para que nada cambie. Y, mientras… mientras la gente sigue al margen de esta locura. Los más pobres, porque la tarea de subsistir ya es colosal como para estar preocupados por leyes “chorizo” en lugar de estar buscando un pedazo de yuca. Los más ricos, porque por fin gobiernan el país como les da la gana, como finca en la que medrar para ganar mucho en muy poco tiempo. La clase media, cada vez más acosada, es genéticamente temerosa, así que permanece atrincherada pagando impuestos y sosteniendo la precaria economía nacional sin ver que en unos años ya no habrá nada que defender. Hoy también tenemos en la ciudad de Panamá a los presidentes de Centroamérica y, claro, no hay mucho de ejemplar ahí. Latinoamérica vive tiempos aciagos en los que la polarización política y la visión estrecha de los medios de comunicación no ayudan a que nos demos cuenta de que, por abajo, los que gobiernan son los intereses económicos. Los gobiernos tienen poco margen de acción, excepto en los pocos casos en los que empresas y gobierno son la misma cosa (como en Panamá o en Chile). A este estado de cosas colabora la paranoia de la seguridad, que justifica casi todo, y el mito del desarrollo, el cuento para niños más largo y tedioso que le han contado a nuestros pueblos. El problema es que los dueños del Súper P-99 no son cuidadosos y pueden terminar enfadando al cliente. Lo malo de dirigir una empresa es que se le puede quebrar. Todas las encuestas muestran un descontento creciente con el actual Gobierno y solo aguantan el varapalo los ineficaces ministros mediáticos (Ferrufino y Santa Lucy) y el propio Presidente (que solo habla cuando puede aparecer como salvador de la patria y que utiliza a Mulino y a Cortés para todo lo demás, para el trabajo sucio). Este pueblo no parece tonto, puede ser lento en reaccionar, pero ya ha pasado por demasiadas vicisitudes históricas en los últimos 40 años como para aguantarse otro finquero más. Lo de esta semana significará un punto de inflexión; mientras el Presidente recibe a sus compadres en la “Gran Feria de Venta de Panamá”, sindicatos, ambientalistas y organizaciones sociales de diversos pelajes seguirán en la calle. Hoy, con varias marchas que, al menos, tratan de demostrar que no se puede conculcar la institucionalidad sin que haya consecuencias (como ha sido el caso de la Ley 30 y de la extraña reforma fiscal). Hoy Panamá es un Estado sacer. Es decir, nada de lo que ocurre acá tiene consecuencias. La impunidad es parte de la institucionalidad y el Gobierno lo sabe. Las disposiciones que permiten que policías delincuentes sigan en lo suyo o la disminución de los requisitos ambientales para los inversores son solo sincerar las cosas. Lo que ya ocurría ahora es legal. El Gobierno tiene licencia para matar y lo sabe. El pueblo tiene licencia para patalear, pero le da miedo. Mientras, el que paga es el país, pagamos todos.


