RICARDO A. DE LEÓN BORGE Nos encontramos en tiempos en los cuales es impredecible el futuro de las relaciones interamericanas y los cambios que se producirán en el sistema debido a las nuevas correlaciones de fuerzas existentes a nivel estatal. Por lo que las relaciones con Estados Unidos desde Latinoamérica se ven ante disyuntivas desfavorables en el mantenimiento y la lucha por el poder que desde el lejano continente asiático, en la figura de China, y un poco menos con naciones como Rusia e Irán están buscando en el hemisferio americano nuevas alianzas.
Y es que después de los ataques terroristas del 11-S, Estados Unidos vio cómo se mermaba una parte primordial de su poder, la seguridad, la cual se vio altamente vulnerada y débil. A partir de esa fecha los estadounidenses se centraron en su guerra contra el terrorismo, de la cual a casi nueve años no han encontrado la salida y los debates sobre cómo despegar tanto de Afganistán como de Irak han consumido tiempo y relegado otros temas importantes de la agenda interna y externa que hay ayudado a su debilitación y pérdida de influencia a nivel mundial. El continente americano es uno de los espacios donde el poder estadounidense ha perdido considerablemente influencia, por su poca atención hacia las diversas y complejas problemáticas que han tenido que enfrentar tanto los gobiernos como los pueblos latinoamericanos, dando como resultado una ola de gobiernos y nacionalismos antiestadounidenses. Y es que la atención estadounidense, además de centrarse en la guerra contra el terrorismo, ha tenido que virar hacia su más cercano contrincante y a la vez aliado como es China; los problemas que se han generado con naciones como Irán y Corea del Norte, que mantienen actitudes similares de desafiar la legalidad internacional; la siempre inestable y autocrática Rusia, que con su creciente economía y poderío requiere de volver a tener influencia a nivel mundial. De estas naciones tanto Rusia como China e Irán se han aventurado a buscar en América Latina y el Caribe nuevos rumbos y aliados en sus diferentes estrategias para consolidarse como poderes regionales, así como contrarrestar la deteriorada influencia estadounidense. Los campos de la energía, minas, materias primas y petróleo han sido los principales productos comerciales que estas naciones han ofrecido exportar o importar, además de ayudas en forma de cooperación o préstamos blandos, a través de los cuales han obtenido de algunas naciones el apoyo que han solicitado, ejemplos claro son los casos de Venezuela, Nicaragua, Costa Rica y Cuba, que se han aliado fuertemente con algunas de estas naciones ya sea en búsqueda de mayor comercio, mayor reconocimiento o por el ánimo antiestadounidense que domina en algunos de los gobiernos de esos países. Estados Unidos –si no quiere terminar de perder su influencia y poder– tendría que volver su mirada e intereses a la región a través de cooperación y financiación para el desarrollo, además de potenciar sus relaciones políticas y diplomáticas con todas las naciones, y Latinoamérica tendrá que usar una óptica pragmática para sacar el mayor provecho para posicionarse como una región importante en la política internacional así como para desarrollarse socioeconómicamente.


