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Trazando un nuevo rumbo

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Alfonso Grimaldo Poschl

En la lucha constante del individuo contra aquellos que buscarían oprimirlo, no hay arma más efectiva en su arsenal que la palabra escrita. Bastó con la invención de la imprenta y, por ende, la diseminación masiva de ideas, para comenzar el proceso de disipar la pesada miasma de ignorancia bajo la cual la humanidad vivía. La imprenta destronó a monarcas, redujo imperios al polvo y consagró públicamente los derechos y libertades que todo ser humano disfruta por el solo hecho de serlo. Anterior a ella, nuestra visión era indirecta y opaca, como en un espejo, pero gracias a ella, ahora es de cara a cara.
La libertad de prensa se alza como bastión y adalid de todas las otras libertades, ya que nos informa de ellas y nos reporta el abuso de aquellos que buscarían sublevarlas. Por tanto, toda sociedad que busque el progreso debe respetar la libertad del individuo a opinar públicamente, ya que en la censura, supuestamente benéfica, se corre el riesgo de extinguir la verdad.

En nuestro país disfrutamos de una relativa libertad. Nos podemos agrupar libremente, decir lo que pensamos y ponerlo por escrito. Este artículo es fiel prueba de esto. Pero nubes negras se vislumbran en el horizonte y las señales nos indican que estamos dirigiéndonos hacia ellas.

Allá donde las nubes pesan es tierra de desencanto. Allá es donde la libertad de expresión en Cuba murió, donde el Gobierno argentino busca quitarle el vital suministro de papel a los medios de comunicación, donde la ciudadanía china tiene restringido el acceso a la colección de ideas más grande del mundo, donde antiguos camaradas de Stalin desaparecen de sus propias fotos y en su terrible extremo, donde se ha pervertido el medio para ser herramienta del opresor. Es allí donde el pueblo norcoreano es indoctrinado a creer que su líder tiene la habilidad de controlar el clima, y de no creerlo, son obligados igualmente a profesarlo en público por miedo a represalias.

Lo peor es que ya conocemos ese paraje en Panamá. Vivimos allí por prolongado tiempo bajo los caprichos de supuestos líderes que buscaban públicamente el bienestar nacional pero secretamente el enriquecimiento propio en detrimento nuestro. La relación entre la democracia y la libertad de prensa es directa y estrecha, no se puede debilitar una sin dejar a la otra endeble, ni fortalecer una sin mejorar la condición de la otra.

Pero la libertad no falleció. Vivió en los panfletos y comunicados que se pasaban escondidos de la mirada de los usurpadores del poder, encapsulando en tan delgadas páginas todo el feroz y ardiente potencial de la democracia.

Lo que nos costó tanto en recuperar, no lo debemos entregar fácilmente. ¡Tanto esfuerzo para liberarnos del peso y la penumbra de aquellas nubes para regresar voluntariamente a tan inhóspito lugar!

Cabe trazar un nuevo rumbo y dirigirnos hacia aquel horizonte feliz donde el respeto y la tolerancia son motores del progreso.

Lo primero y esencial es persuadir a la ciudadanía de la urgente necesidad de eliminar la privación de la libertad como nefasto castigo contra aquellos que defienden públicamente los intereses de la ciudadanía en los medios de comunicación masiva.

Segundo, debemos empezar a utilizar la libertad que gozamos. Silenciar tres voces podrá ser fácil, pero el clamor de miles es difícil de extinguir.

Tercero, debemos empezar a informarnos sobre el porvenir de aquellos tristes países cuyos gobiernos han suprimido la libertad de prensa y ver hacia qué destino los ha llevado, y si deseamos emular tal situación.

Antes de finalizar, una palabra de cautela. Aquellos que buscarían distinguir entre libertad y libertinaje, y quisieran decir que efectivamente hay un rol necesario del gobierno en controlar lo que es digno de diseminación y lo que es necesario restringir, les recuerdo a aquel hombre que mediante la imprenta buscó propagar la sencilla y veraz idea de que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol y fue callado por la censura educada del poder. Eppur si muove. Debemos aceptar la circulación de errores retractables para no incurrir en la posibilidad de censurar, bajo el razonamiento de la beneficencia pública, la verdad. Esto no implica la eliminación de la tipificación penal de la calumnia o de la injuria, pero sí implica un respeto a la investigación periodística.

“Le temo más a tres periódicos que a 100 mil bayonetas”, dijo alguna vez Napoleón. Sería sabio que nuestros líderes no se olvidaran de esta lección.

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