Imagine que se despierta, va a buscar el periódico que le dejan junto a la puerta, y no está. Antes de ir a la oficina pasa por varios puestos de venta de diarios y no encuentra ninguno. Se resigna a leerlos en la oficina, donde todos los días llegan. Pero no, tampoco los tienen. Llama al compadre y le pregunta si tiene algún periódico del día; el compadre está pasando por las mismas, igual que su hermana, el jefe, y el chofer de su jefe a quien tuvieron recorriendo la ciudad buscando los dichosos periódicos, sin encontrarlos.
Desesperado por saber qué ha sucedido en el país y en el mundo, prende la radio y espera la hora del noticiero; dan las ocho y las nueve y llega el mediodía y de la cajita solo sale música. Va al cafetín de la esquina a tomar un café y a ver las noticias en el televisor que siempre está encendido; mientras toma uno y dos y hasta tres tintos, se fastidia de canales que presentan La ley y el orden, Dr. House, al atorrante de Donald Trump, CSI Miami, CSI Las Vegas y todos los CSI de Estados Unidos, pero cero noticias. Atosigado por los concursos Baila conmigo, Canta conmigo y todos los “haz algo conmigo”, y las siliconadas telenovelas de las televisoras regresa a la oficina; llama a la administración de los diarios, pero nadie atiende los teléfonos.
En la calle se cruza con gente que, como usted, anda como “hormigas sin pestañas”, mirándose sin preguntar, porque ya han preguntado hasta la saciedad y todos contestan lo mismo: hoy no hay noticias, ninguna, de absolutamente nada. Las teclas de los BlackBerry no responden. El desconcierto es absoluto. ¿Será que el mundo se va a acabar?
Alguien dijo que el presidente Martinelli cerró todos los medios de comunicación y que, incluso, se las arregló para bloquear todas las ondas hertzianas y el espacio cibernético.
La noticia corrió como reguero de pólvora. Pero no hay cómo verificar si se trata de una mal intencionada “bola” de la gente del PRD; de los arnulfistas “de verdad” que se niegan a cuadrarse con el vicepresidente Varela; ¿o serán los gallos del Molirena, que andan con las crestas paradas, tratando de que no se los trague el gargantuesco Cambio Democrático? En la ciudad, siempre tan ruidosa, está ocurriendo un fenómeno.
Hay pocos autos en las calles; la gente habla en voz baja, como en los funerales, y cuando los conocidos se encuentran señalan con el pulgar hacia abajo, gesto que condenaba a muerte en los coliseos romanos. Otros se pasan horizontalmente el dedo índice por el cuello: “estamos listos para la foto”.
El día termina y como consuelo se buscan los periódicos de días anteriores. ¿Cómo seguirá lo del desastre nuclear en Japón? ¿Reemplazará al ex magistrado Almengor un abogado sin experiencia en asuntos penales pero muy allegado al Ejecutivo, nombramiento inconstitucional, según algunos juristas? ¿Si acaba con la “chinguia” en el hipódromo, acabará Martinelli con la de los casinos, mala hierba regada por todo el país? ¿Cómo es posible que nos priven de los sazonados Wikileaks que ha dejado a tantos “con los pantalones abajo”, incluso muy cercanos a Martinelli y a Torrijos? Un amigo, desencantado miembro del CD, que se quemó las pestañas para sacar su título universitario, está frustrado; ¡que pase algo así, precisamente, el día que iba a publicarse su protesta por cambiar una ley para favorecer al hermano del diputado Cohen, que carece del título universitario que exige el puesto! ¿Sancionó el Presidente el infame acuerdo de intercambio de información fiscal con Estados Unidos que pone en peligro el trabajo de secretarias, cajeros, traductores, abogados, mensajeros, etc., porque los depositantes saldrán en volandas a depositar sus dineros en paraísos fiscales como Miami, donde no los “sapean”? Todos los panameños quedamos sobre ascuas esperando saber si el Ministerio Público, en decente gesto de independencia judicial, investigará el escandaloso caso Pamago; los intrincados chanchullos financieros de Murcia y sus supuestos amarres con algunos políticos y con miembros del Ministerio Público.
Quedaba pendiente la crisis en el hospital Nicolás Solano; el agravamiento en el transporte colectivo desde que nació el Metro Bus; el desorbitado gasto de los fondos del Estado; la cacareada cadena en frío, tan fría que muestra signos de rigor mortis, etc.
Tarde en la noche, atacado por una crisis de ansiedad, me llamó un amigo para decirme que el Presidente nos convirtió en inexistentes, en non persons, cuando afirmó que “nadie cree en los Wikileaks”; y que como somos “nadie” para el Presidente y el Gobierno, no existimos. Y si no existimos, no hay necesidad de noticias.
El día en blanco terminó cuando el noticiero nocturno anunció: “Otra vez la ciudad se quedará sin agua”. Volver a la normalidad de noticias así me permitió dormir tranquila. Felizmente todo, hasta la llamada de mi amigo, había sido una mala jugada de mi imaginación. Porque nadie, por muy arbitrario o poderoso que sea, podrá acallar jamás el poder de la comunicación.


