Con la llegada de la Revolución Industrial, a mediados del siglo XVIII, y la necesidad del hombre por perfeccionar sus métodos de trabajo, se pasa de una economía rural, agraria y artesanal, a otro sistema dominado por la industrialización y el trabajo mecanizado.
En otras palabras, se traslada el viejo mundo del trabajo rudimentario, al mundo industrial de las ciudades, al trabajo que realizarían las enajenantes y complejas maquinarias de la producción. Los campesinos, cansados del trabajo manual, abandonan equivocadamente el campo para trasladarse a las grandes ciudades en vías de industrialización, desconociendo que dejarían de ser dueños de sus propios productos para convertirse en peones de los grandes magnates, comerciantes burgueses, propietarios de las empresas en formación.
El trabajo mecanizado redujo la mano de obra y propició la desaparición de los talleres, porque las maquinarias tienen la capacidad de duplicar el trabajo que realizarían cientos de obreros. Esto trajo como consecuencia el incremento del desempleo. Aumentó el problema de la desigualdad y, por ende, de la lucha de clases sociales; se desarrolló el capitalismo y se dio el surgimiento del proletariado, de los explotados y de los explotadores; la deshumanización del ser humano y la despersonalización de las relaciones obrero-patronales.
El industrialismo y el avance de la tecnología hicieron más intensa la acción del hombre sobre la tierra, la devastación del medio ambiente y el deterioro de la naturaleza. Durante millones de años el clima de la Tierra se mantuvo a una temperatura equilibrada y relativamente normal, lo que permitía el desarrollo armonioso de la vida vegetal y animal, la flora y la fauna. Lo que denominan los científicos, el efecto invernadero, retenía el calor del Sol cerca de la superficie de la Tierra, impidiendo la destrucción de la capa de ozono, ayudando al proceso normal de la evaporación del agua, la que se transforma posteriormente en lluvias. El cielo se veía limpio de impurezas, lejos de las amenazas de gases tóxicos y atómicos, las aguas de los ríos se observaban puras y cristalinas, la que se podía tomar sin riesgo a contaminarse; los árboles llenos de vida, en donde se percibía el aroma de los bosques y las flores, se podía contemplar a los pájaros que con talento artístico construían sus nidos.
Hoy en día se hace más evidente que la destrucción de la capa de ozono, el calentamiento global y sus efectos en el cambio climático, es lo que está poniendo en riesgo el futuro de la humanidad.
Tanto las Naciones Unidas, como los gobiernos y organismos internacionales, han hecho esfuerzos en vano para tomar medidas que impidan la contaminación del suelo, de las aguas, del espacio aéreo, de la vegetación, de los animales, y, de igual manera, han tratado en vano de profundizar y hacer más efectiva la conciencia universal de cuidar, proteger y mejorar el medio ambiente.
Destacados científicos coinciden en que el incremento de la concentración de gases en la atmósfera terrestre, y el producto de los residuos emanados de las fábricas, están provocando alteraciones en el clima, deslizamientos de masas de hielo de los glaciares, devastadoras inundaciones, terremotos, maremotos, etc. Hechos impredecibles, como lo que está ocurriendo actualmente en el Japón, y el temor mundial por la posibilidad del desencadenamiento radiactivo de las plantas nucleares. Situación que ha dado motivo a que los países industrializados revalúen la creación de nuevos reactores atómicos.


