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Tanto crecimiento, ¿valdrá la pena? Carlos Eduardo Galán Ponce

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El ser humano, en su libre albedrío, siempre tendrá diferentes opiniones para situaciones como esta. Aquellos que creen que en algo se pueden beneficiar, considerarán que se debe llegar hasta el infinito, no importa cuánto haya que arrasar en el camino; eso lo verán como un daño colateral aceptable. Que habrá consecuencias negativas, lo negarán o pretenderán que no las hay. El culto al vil metal.

A pesar de que, desaparecidos los faraones, con su costumbre de ser enterrados con sus tesoros, nadie ha vuelto a ver marchando a la par de un cortejo fúnebre coches cargados de riquezas, debemos entender que nada crece eternamente. Todos los fenómenos tienen su curva normal de crecimiento, seguida de su normal descenso. Atacar el planeta de la forma que lo estamos haciendo traerá cada día consecuencias más nefastas.

En este proceso de crecimiento desordenado, el núcleo central es el hombre. A mayor población, mayores son los problemas. Y en este nuestro querido país se tomó el modelo de desarrollo de la aglomeración, el hacinamiento y los rascacielos. Nos han llenado de gente atraída con alicientes fiscales. Una cultura del soborno a destajo. La evasión o el acomodo de la ley. El desorden. El país donde todo “se arregla”. Donde “no pasa nada”. Indigentes lastimosos, de latitudes con índices de salud prehistóricos, que no sabemos qué traen en su sangre. Aquí entra todo mundo. La cantidad no cuenta. La calidad menos.

Un caos urbano en el que han proliferado como hongos monstruosos edificios, muchos producto de capitales de dudosa procedencia que, cual manada de elefantes en estampida, han ido engullendo todo lo que ha encontrado a su paso. No han dejado ni una brizna de hierba. No han respetado ni los retazos de nuestra historia, ni sus residencias emblemáticas. Todo con la rúbrica de funcionarios siempre prestos al “negocio” y ahora, la cereza en el pastel. Hacerse una torre fálica para saciar parte de su ego. Con la plata ajena. Ya se habla de una población “flotante”, rayando al millón de individuos. Me imagino que esos que “flotan” son los que de una u otra manera, no son hijos de vecinos que vieron la primera luz aquí.

Ahora, solo para mencionar algunos elementos cuya escasez en el mundo ya se vislumbra. Proveer a esa población abultada de agua, carburantes para sus transportes, alimentos; y energía eléctrica, no para cubrir un aumento normal en la demanda, sino una demanda exagerada creada para satisfacer el escandaloso derroche de esos edificios paquidérmicos y satisfacer el boato de unos extraños y los bolsillos de unos pocos. Para ello le han “caído en pandilla” a los ríos de nuestra provincia. Y cuando no haya más ríos, ya hay unos locos en esta pobre América Latina apostando por la energía nuclear. Y si en Panamá, al golpe que la llevan, llegara alguien a proponer una “bomba de esas”, ya verías a los “inversionistas” vendiéndote la idea como “índice de desarrollo”. Pero si Dios no quiera, en un país como el nuestro, donde con un mediano aguacero colapsan las carreteras y sucumben los puentes, ocurriera una catástrofe mayor. Mejor ni pensarlo.

Y para que a esas moles paquidérmicas no les falte el agua nunca, se la racionan a los miles de panameños de escasos recursos, en otras áreas, donde les llega en gotas solo a ciertas horas de la noche o son abastecidos, eventualmente, con camiones cisterna. Como hace dos siglos. Pregúntales a ellos cuánto les toca del PIB o cuánto les llega del crecimiento económico récord que publica el MEF.

Japón, país con una cultura de orden y disciplina, pero territorialmente pequeño y escaso de recursos naturales, se lanzó a una vorágine de “crecimiento y desarrollo”. A suplir el mundo de autos, televisores, telefonía de diario reponer y tantos otros artículos suntuosos. Y para ello tuvieron que recurrir a la energía atómica. ¿Y al final del cuento? Ahora se ven las consecuencias, que ojalá sirvan de experiencia al mundo. Su agua de consumo y parte de sus alimentos están contaminados. Igual sus mares. No hay agua para darle a beber a los niños. Y solo gracias a que allá convive un “crisol de razas”, ningún almacén ha sido violentado.

Nadie tiene el monopolio de la verdad ni de las soluciones, pero creo que los dirigentes de nuestro país deben evaluar con mucho cuidado esa ecuación de “desarrollo-crecimiento-naturaleza”.

El planeta está reaccionando ante la depredación del hombre. El vivir tranquilos no tiene precio. Esos alardes de crecimiento, no pueden tener un final feliz. Menos en un país pequeño.

Panamá no está libre de fallas geológicas y un movimiento sísmico de alta intensidad es algo que no debemos dar por descartado. Y si los “rascacielos” locales están cimentados bajo normas de calidad similares a las de nuestro puentes y carreteras, se sostendrán erguidos en un eventual sismo, solo porque son tantos, adosados uno con otro, que cada uno va a sostener al vecino. Además de que, sin áreas verdes y con calles tan estrechas, no tendrán donde caer. El efecto dominó, pero con la caja cerrada.

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