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Día nacional sin carro. Ana Carolina Fong

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A la hora donde el mundo entero se debate para trazar visiones de desarrollo más duraderas, en Panamá la dinámica pareciera estar fuera de toda línea de evolución. Nuestros gobiernos han demostrado incapacidad para producir infraestructura funcional y justa, así como para esbozar políticas de movilidad sostenible y de acceso universal. El modelo de transporte centrado en el carro particular, además de ser exclusivo, ha demostrado su fracaso: altos niveles de contaminación sonora y del aire, consumo excesivo de energía, saturación de las vías, incontables efectos sobre la salud. ¿Cómo pueden nuestros gobernantes pretender resolverlos con la construcción de más carreteras?

Las políticas de transporte sostenible en países industrializados y en algunos de América Latina, priorizan el movimiento de las personas (no de los autos), favorecen el transporte público y desincentivan el uso de medios motorizados.

Desde hace algún tiempo, un grupo de personas sensibilizadas por la importancia de construir una movilidad más limpia en la ciudad de Panamá levanta su voz para que el Gobierno integre una ciclovía en el proyecto de cambio del sistema de transporte público. La iniciativa aspira reordenar la ciudad y crear un espacio que permita el desplazamiento en bicicleta. El Movimiento Verde para el Transporte Alternativo, como se hacen llamar, ha convocado en distintas ocasiones circuitos para recorrer la ciudad sin dejar huella ecológica. Y la respuesta ha sido sorprendente.

Debemos saber que la bicicleta, en distancias de hasta cinco kilómetros, es el medio más rápido; se desplaza a una velocidad promedio de 16.4 km/h, superior a la alcanzada por los autos en horas pico. La cultura de la bicicleta, según la experiencia de países que la han apoyado, ha cimentado, además de una movilidad limpia, una cultura ciudadana y diversos mecanismos de integración social, tan necesarios en nuestra realidad inmediata.

En pleno siglo de polémicas ambientales, debemos preguntar, ¿qué tipo de ciudad queremos? ¿No nos gustaría acaso que las calles se convirtieran en espacios de convivencia y de solidaridad? ¿Cambiaría nuestra calidad de vida siel Gobierno consolidara un sistema de transporte público articulado, en el que pudiéramos caminar por vías peatonales, llevar la bicicleta en el Metro, en el Metro Bus, o poderla estacionar en cualquier punto? Tal vez, si se nos diera la posibilidad, podríamos comenzar simplemente por economizar nuestro tiempo.

 

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