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La prioridad es el campo. Héctor Rodríguez G.

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Habiendo tocado en anterior escrito el tema de los recientes desastres en Japón, justo por honor a la verdad hemos de aclarar que nuestro mensaje, además de solidario con los japoneses, sí pretendió prevenir contra la tendencia a suplir con energía nuclear las necesidades modernas, por los peligros que ello puede suponer en cuanto a la radiactividad fugada, nunca a la falsa amenaza de una explosión nuclear divulgada por medios amarillistas, ya que ésta no puede producirse en Fukushima, allí sólo se puede presentar una fusión de los núcleos de uranio, al alcanzar temperaturas sobre 2.000 °C, lo que les dejaría, por supuesto, inservibles, pero nunca acarrearía el tal apocalipsis. En cambio, insistimos en el impulso universal que debemos dar a la renovable energía hidroeléctrica, porque, además, a la sombra de ella estaremos coadyuvando a la reforestación, tema que amerita capítulos apartes, dada la alocada carrera del hombre por volver el planeta un desierto.

Otra duda que pudo suscitar nuestro artículo de marras, nace en la prioridad en las preocupaciones de los Gobiernos, porque enfatizamos en una de ellas: “crear fuentes de energía”, sin embargo, esta no es la principal. Cuando las sociedades nómadas por fin encontraron consistencia en su provisión de alimentos, allí fijaron sus sedes, se fundaron las naciones. Y por siempre la prioridad de éstas ha debido ser asegurar la alimentación de su gente, tal como en la modernidad nos lo reitera la Declaración Universal de los Derechos del Hombre (1948): “Todos los seres humanos tienen derecho a un nivel de vida adecuado, incluyendo la comida”. Más aun, la Declaración de Roma (1996) reza: “Reafirmamos el derecho que todos los seres humanos tienen de obtener comida nutritiva y segura”.

No obstante, a nivel doméstico, es decir aquí en Panamá, se padece un sempiterno desenfoque en el manejo del asunto alimenticio nacional, como nos lo evidencia el contexto de la muy reciente Expocomer 2011, evento que contando con la presencia de la Autoridad Panameña de Seguridad de Alimentos, contribuyó con los expositores de América, el Caribe, Europa y Asia a impartir orientación personalizada sobre los procedimientos a seguir al momento de importar a Panamá, lo que mereció el reconocimiento por parte de los expositores como una oportunidad para promover la economía de sus países. Carne, pastas, saborizantes y licor fueron algunos de los alimentos promovidos en el pabellón de México, a los que se agrega su carne de cordero deshuesada.

Y esto no es nuevo, por algo Panamá, es considerado el país más globalizado de América Latina. Chile y México están en el segundo y tercer lugar, según estudio de las firmas Foreign Policy y A.T. Kearny, que fue divulgado por CNN en español y resaltado por el Ministerio de Economía y Finanzas.

La opción, pues, a flor de labios es importar más, para eso tenemos divisas y la balanza no interesa tanto, en un esquema político en el que por supuesto tiene prelación la satisfacción de las franjas urbanas, porque aportan más votos y con un menor esfuerzo proselitista de los políticos.

No se requiere demasiado talento para entender que tanta facilitación a las importaciones le resta dinámica a la producción criolla, lo que conlleva a la pobreza rural y a su consecuente éxodo hacia las urbes. Estamos trasladando el problema y desolando los campos, sin entender que difícilmente se logrará erradicar la pobreza de un barril sin fondo, pues el dinero para pagar los alimentos se va del país, cuando bien debiera reinvertirse en mejor educación y tecnología de los productores, para lograr cada vez más alta competitividad en la producción. Ahí sí hablaríamos de tú a tú en el ámbito globalizado, sin salir a ofrecer lo que precariamente hemos producido, sino a abastecer las demandas reales de mercados con sobrado poder adquisitivo, cuya única opción para alimentarse es importar, ellos sí.

No se trata de alharacas estériles sobre el tan manoseado tema del desarrollo rural, sino de solucionar; se trata de fundamentar en la franja rural una cultura proactiva, enfocada a dimensionar y entender la competitividad en cada universo, enmarcarse en una alianza con la preservación del medio ambiente, compenetrarse en una filosofía de prosperidad endógena y, por ende, sostenible.

Una política de Estado, de un Estado fuerte que parado sobre el piso firme fije un objetivo positivo y serio. Mil gracias.

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