En 1994, la Asamblea de la Organización de las Naciones Unidas declaró el 22 de mayo como Día Mundial de la Diversidad Biológica. Ya, en 1845, Alexander von Humboldt, el primero en dedicarse al estudio de la diversidad biológica, señaló: “Una apreciación equitativa de todas las partes del estudio de la naturaleza, es más que todo una necesidad del tiempo actual, en el cual la riqueza material y el aumento del bienestar de las naciones deben estar basados en la utilización más cuidadosa de los productos de la naturaleza y de las fuerzas naturales...”.
América Latina y el Caribe tienen la mayor diversidad de especies de las regiones del mundo, muchas endémicas; cuenta con seis países considerados mega-diversos (Brasil, Colombia, Ecuador, México, Perú y Venezuela); la región es el centro de domesticación (diversidad genética) del maíz, frijol, papa, chile, tabaco, amaranto, cacao, tomate, aguacate, pimienta, papaya, hule, vainilla, entre otros. (Smith et al. 1992).
Aquí se reconocen varias zonas hots pots: sitios de alta diversidad, endemismo y rareza; Panamá ocupa un sitio importante en la región Mesoamericana.
La urbanización desordenada, las amenazas a la biodiversidad, la fragmentación de los hábitat, la contaminación del mar y sus costas así como la pérdida de la capa de ozono (Benedick, 1991) y la vulnerabilidad frente al cambio climático, cada vez más evidentes, son los principales riesgos ecológicos que afronta América Latina y el Caribe, según el Programa para el Desarrollo de Naciones Unidas.
La pérdida de biodiversidad es un fenómeno global, la biodiversidad se encuentra solamente en 12 o 14 países a nivel mundial, la mitad de estos latinoaméricanos (Galindo 2000).
América Latina presenta los niveles más altos de deforestación en el mundo (Dourojeanni, 1999; Clarke, 1999). Las causas de la crisis biológica en el continente están asociadas a una complicada red que incluye la extrema pobreza, resultado de la desigualdad social, la ignorancia y la historia de sobreexplotación de recursos naturales propiciada por intereses económicos nacionales e internacionales (Galeano, 1987; Vandermeer y Perfecto, 1995; Green, 1997; Clarke, 1999).
El aumento poblacional combinado con las catástrofes ambientales generan los llamados refugiados ambientales, marginados por terremotos, maremotos, incendios y tormentas.
La presión económica para seguir en el mismo paradigma de oferta y demanda que ha enriquecido a las grandes corporaciones y ha aportado muchos dividendos a los países desarrollados, hace que bajo la bandera del calentamiento global y el encarecimiento del petróleo, se busquen otras formas de producción de biocombustibles en escala económica que amenaza las ya vulnerables riquezas económicas de América Latina.
En consecuencia, el bienestar futuro conlleva el uso sostenible y la protección de recursos, la conciencia ambiental traducida en menos horas de internet, apagar luces innecesarias, utilizar el trasporte colectivo, comer menos carne, disminuir el uso del aire acondicionado, no quemar basuras y mantener el medio ambiente limpio, reciclar y separar la basura.


