Quisiera reflexionar sobre las tendencias del deterioro ambiental y el futuro esperado para sociedades como la nuestra, que centran su desarrollo en el crecimiento sin límites, sin valorar los altos costos ambientales y sociales, y lo que eso representa para las próximas generaciones. Celebramos en este mes los recursos naturales y hoy 5 de junio particularmente el Día Mundial del Ambiente. Por la misma razón que hoy admiramos la grandeza, el valor y la belleza de nuestra naturaleza, no podemos dejar de señalar que debido a una irresponsabilidad generalizada con el ambiente, el futuro es poco promisorio en Panamá si no revertimos el rumbo actual.
Entre 1992 y 2008 Panamá ha deforestado 454 mil hectáreas de bosques, una superficie comparable a toda la provincia de Los Santos. Esto incluye manglares de los cuales hemos perdido 80 mil hectáreas, quedando desprotegidas nuestras costas. Con esta pérdida se dilapidan especies, ecosistemas, fuentes de agua, tierra fértil, costas y recursos valiosos. En adición, con nuestros desechos industriales y domésticos, y agroquímicos contaminamos nuestro entorno, sea este suelo, aire, aguas continentales o marinas, arrecifes coralinos y cuanto ecosistema exista. Cavamos además cráteres y destruimos ecosistemas enteros para extraer metales y otros recursos con tal de saciar un mercado y consumo absurdo. Nada de esto pareciera importarle a muchos. “Olvidamos” lamentablemente que cada impacto suma y potencia los daños, y que afecta negativamente a los seres humanos.
Este escenario marca rotundamente umbrales peligrosos para el país. Y como si esto no fuera suficiente, los cambios en el clima provocados por un aumento sin precedentes de gases de efecto invernadero en la atmósfera, producto de la industrialización intensa de los últimos 150 años, y por cambios de uso del suelo (mayormente por deforestación) impone retos a gran escala. Y a pesar de acuerdos y protocolos, la tendencia no se ha revertido; al contrario, crecen las emisiones que causan el calentamiento global. El cambio climático agrava los riesgos que de por sí se esperan de la degradación ambiental, como los deslizamientos, las inundaciones, la escasez de agua, la desertificación, la erosión de las costas, la pérdida de la biodiversidad y la inseguridad alimentaria. ¿Y nos preparamos ante las consecuencias del cambio climático? Tampoco.
Panamá, como otros países, lastimosamente dejó de lado la planificación a mediano y largo plazo. Su enfoque cortoplacista, si acaso lo que dura una administración de gobierno, conduce a un futuro incierto. Panamá crece económicamente, pero no se desarrolla. Somos tristemente uno de los dos países de mayor inequidad en el continente americano, una inequidad que trasciende, que afecta a las presentes y próximas generaciones por las grandes deudas ambientales, económicas y sociales que asumimos hoy. En Panamá nos comemos literalmente nuestro capital natural, dañamos la salud de nuestra gente cuando socavamos las condiciones para que futuros ciudadanos tengan una calidad de vida digna.
No hay motivo de ilusiones, Panamá y el mundo poco responden a los llamados de alerta, y a las evaluaciones científicas que apuntan a escenarios de escasez de recursos y que ocasionan conflictos sociales, donde el agua ya es un factor de guerras. Matemáticamente no hay forma de probar que los actuales patrones de producción y consumo podrán mantenerse ilimitadamente. Y lo peor es que no se visualiza por parte del Estado una política de desarrollo que tome en cuenta la protección de los recursos naturales como condición sine qua non para mejorar la calidad de vida del presente y que asegure mejores o iguales condiciones hacia el futuro.
Una opción clara y coherente es lo que apunta el intelectual Stephane Heller en su reciente y revolucionaria publicación Indignaos! (Indignez-vous!, por su nombre en francés) que llama a las sociedades, especialmente a la juventud, a no ser indiferente, a expresarse pacíficamente por la injusticia social y financiera, por la pobreza y por la insostenibilidad del planeta. ¡Debemos indignarnos por el futuro que aguarda a Panamá! Porque sin agua, sin tierras aptas para los cultivos, sin aire puro, sin ecosistemas con sus funciones vitales, sin la biodiversidad, sin peces, y expuestos a desastres, nos dirigimos al despeñadero. ¿Qué no hay razón para indignarse? Diga usted.


