Tengo entendido que los arquitectos urbanistas que han defendido el proyecto de la torre financiera en los últimos días trabajan para el Arq. Ignacio Mallol, lo que explicaría en parte su adhesión incondicional al mismo, a pesar de que no ha cumplido con el requisito legal de realizar estudios de impacto ambiental, ni de suelos, ni de impacto social… ¡Qué apresurados, estos señores!
Por otra parte, el presidente Martinelli ha declarado ante los medios que la torre financiera es un proyecto en el que el ministro Alberto Vallarino tiene la última palabra, en un intento por desembarazarse de la polémica y convirtiéndola, en adelante, en la torre de Alberto.
En mi concepto y el de especialistas de El Colectivo, la Alianza Pro Ciudad y la Fundación Belisario Porras, entre otros, no solo arquitectos, urbanistas, sino también economistas, financistas, abogados, sociólogos, artistas, residentes de Bella Vista, médicos, enfermeras, pacientes del HST, etc., la torre financiera pertenece a una visión económica neoliberal que ya está obsoleta. Pertenece al modelo económico que ha provocado la crisis financiera mundial de 2007, el mismo que ha contaminado el planeta, el que construye ciudades cada vez más excluyentes y con excesiva densidad de población. La torre financiera no es sustentable tampoco desde el punto de vista de la infraestructura que la rodea: la capacidad de acceso a electricidad, agua potable, cañerías, circulación vial. La torre de Alberto es un ícono sí, pero del lujo, la prepotencia, el egocentrismo. Es la torre icónica del Antropoceno panameño.
Resulta cínico y engañoso, de parte del equipo del ministro Vallarino y del arquitecto Mallol comparar esta torre con el Elefante Blanco. Porque el Elefante Blanco era una obra pública para uso y beneficio de la salud de los panameños más humildes, con un trazado urbano perfectamente integrado al conjunto de el barrio de La Exposición. Inversamente, la torre es para beneficio de un minúsculo grupo del sector financiero. con impacto urbano y social de trauma, por la sobrecarga en los servicios de infraestructura, por la violación de las leyes del patrimonio histórico y las reglamentaciones de zonificación. El ganador de este proyecto, de venderse, sería el promotor del proyecto y el gran perdedor sería el hospital Santo Tomás.
Para colmo, el mercado inmobiliario local tiene una sobreoferta de oficinas privadas en este momento, según datos publicados en los medios; ¿quién asumirá entonces el riesgo comercial de la torre financiera? Según expertos privados, ningún banco local quiere financiarla, así que se está considerando que la financie el Banco Nacional... costándole cientos de millones a las finanzas del Banco Nacional (que equivale a decir dinero del Estado panameño) con riesgos de recuperación.
Lo que sería realmente “modernizador”, avanzado, y “de última generación”, según los expertos en desarrollo económico, es la llamada economía verde, con trazado de ciudades y tecnologías sustentables con el medio ambiente, amigables al peatón y con mayor equidad con los habitantes de esas ciudades y sus áreas verdes, sus plazas, avenidas, paseos, miradores, áreas abiertas para el deporte, bibliotecas, teatros y casas de cultura.
Ciudades en conexión y balance con otras ciudades y con las áreas rurales, evitando la concentración desmesurada de la población en una sola mega ciudad, evitarían los conocidos focos de pobreza urbana del ya viejo modelo neoliberal.
Quienes adversamos esta torre no estamos en contra del progreso ni mucho menos de la modernización de Panamá. Por el contrario, somos un grupo de panameños con visión avanzada de un Panamá verde, incluyente, conciliador, con ciudades amigables, desconcentradas, con participación ciudadana, con diversidad cultural y racial. Que se convierta en un ícono de cultura de la paz.
La torre de Alberto es una torre ‘yeyé’..., por esta razón Belisario Porras, desde nuestros corazones, y para la memoria colectiva, se inquieta ¡furibundo!


