Será porque ya es indiferente a él o porque queda poco ambiente para proteger. Es mi adaptación pesimista de las palabras del ensayo de Henry Thoreau publicado en 1848: “Cuando la mayoría finalmente vote por la abolición de la esclavitud será porque ya es indiferente a ella, o porque queda poca esclavitud para ser abolida con su voto”.
Espero equivocarme, porque los tiempos cambian y los pensamientos también. Lo que ahora nos parece la norma mañana no lo será, y usualmente son unas minorías las que visualizan más allá de las convenciones de las mayorías. Las primeras pagan un precio por decirlas o gritarlas y las segundas prefieren ignorarlas o callarlas, para no ver amenazada su zona de confort.
Me pregunto, ¿es consumismo o necesidad? Es un hecho que necesitamos combustible más barato, aunque sea subsidiado, ya sea porque mi camioneta me lo reclama o porque el salario de quienes usan el transporte público colapsado no soporta otro aumento de pasaje.
También es un hecho que necesitamos alimentos más baratos, y para solucionarlo a corto plazo, entonces la respuesta son las importaciones de productos agrícolas subsidiados sin preguntarnos por qué será que esos países los subsidian...
Otra realidad es la necesidad de energía más barata y la respuesta más fácil es construir hidroeléctricas, aunque se instalen decenas de estas en un solo río, afectando a corto y largo plazo los ecosistemas, las economías de esas comunidades que viven de la pesca, el turismo, la agricultura y la ganadería.
Pero “si injustamente le he arrebatado una tabla a un hombre que se está ahogando, debo devolvérsela aunque yo me ahogue”. Palabras escritas por un hombre que fue a prisión por defender sus convicciones, el Sr. Thoreau, en un tiempo cuando esas convicciones iban en contra de las convenciones.
“La tabla” de Thoreau es el río Chiriquí Viejo, es el Tabasará, es Cerro Colorado, son las selvas, es nuestro patrimonio cultural y sí, preguntémonos si somos capaces de quitarle su tabla a otros para no ahogarnos nosotros en nuestras necesidades. Pudiendo buscar otras alternativas como el ahorro y/o el desarrollo de “energías limpias” de forma sostenible, o comprando la cebolla nacional, aunque cueste unos centavos más.
La cebolla que compramos en el supermercado vino de la tierra que se regó con el agua del río que baja de las montañas, y en algunas montañas yacen los tajos a cielo abierto de las minas de oro, con todas sus consecuencias, buenas y no tan buenas; si la industria minera dice que lo está haciendo bien, ¿por qué dudar de ellos?
Cuando comprendamos que toda acción humana, por pequeña que parezca, afecta el ecosistema y por ende nuestra subsistencia, y cuando el ambiente nos reclame nuestra acción o inacción, entonces comprenderemos que “ser ambientalista” no es una etiqueta “roja” o “azul”, vacía, extremista, sino que llegará a ser un estilo de vida obligado.
Soy ambientalista, no me opongo al “desarrollo” siempre que la palabra “sostenible” sea su adjetivo.


