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Llora Panamá, llora. Diana Arosemena

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Este título me obsesiona, me hala la pluma y me tira de las orejas. Me sacude la negligencia en nuestra actitud cotidiana. Siento que hemos tergiversado el significado de la palabra patria. Se habla de ella como si solo fuera un mes el que nos la recuerda. Ella es el terruño, pero también la que nos agrupa como nación.

Estamos provocando que sufra y se avergüence de nosotros. La indolencia que nos empieza a retratar como pueblo es una bofetada que no se merecen los que desean preservar su dignidad.

Tenemos a la patria conectada al televisor, a los celulares y a los juegos electrónicos y cuando no se tiene acceso a estos aparatos dormita para despertar de un susto ante la estridencia del himno electrónico o el desdibujo de sus símbolos.

¿Patria, qué patria? Es un tema que parece no estar de moda. Pero sigue siendo la misma a la que le cantó Miró, lo único que tropezada por una zancadilla gigante de sus propios hijos. No son todos, pero son muchos. No seamos curitas sobre las tantas heridas. Si entre todos tratáramos de curar el irrespeto y la falta de valores, zurciríamos el vestido rasgado del tira y jala de la inconsciencia de cada uno de los que posponen el cuido por el descuido.

Sí claro, lloramos y hasta nos abrazamos con la extraordinaria canción de Rubén, pero, y después de la emoción ¿qué más? Cada uno toma su rumbo. La mayoría parte tarareando la melodía, otros recuerdan pedacitos de la letra y los privilegiados se la saben de memoria, pero después…

Aquella frase del poeta cubano José Martí de “sembrar un árbol, leer un libro y tener un hijo” es mucho más que un cliché. Estoy segura de que cuando el autor habló en estos términos se refería a logros y metas, a sueños cumplidos y a esperanzas vivas.

¿Por qué no hacer un inventario de nuestros actos y revisar cuántas metas, sueños y esperanzas hemos acumulado en nuestro actual recorrido? ¿Cuántos de ellos han sido cumplidos y cuántos postergados? ¿Hemos retribuido en algo?

Cuando le comenté a un amigo el título que me perseguía para un posible artículo, me dijo, “no te das cuenta de que “el no me importa” de los panameños nos va a llevar a ni siquiera recordar el nombre de nuestros abuelos”.

Eso no lo podemos permitir. Nuestros abuelos son todos los que nos anteceden, incluyendo los que no son carne de nuestra carne, ni sangre de nuestra sangre. Son los que con sus hechos consolidaron nuestro sentido de patria. Todos aquellos que con su dedicación y compromiso innegables trazaron senderos de dignidad y lealtad para que pudiéramos llenarnos la boca y el corazón con el nombre patria.

¿Pero cuál generación desfiguró el rostro de nuestra querida patria? ¿Hay una en particular o somos varias, o todas, que sin planearlo nos fuimos desentendiendo de las responsabilidades propias de los hijos e hijas? Dejamos de cuidarla, de embellecerla y lo peor es que no nos preocupamos de mantener en ella el orgullo de sentirse honrada y amada por todos sus vástagos.

Patria querida, te llamo por tu nombre de pila y te digo: “Llora, Panamá, llora, tienes todo el derecho a hacerlo.

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