Los pioneros siempre son, en su tiempo histórico, incomprendidos. O, al menos, desconocidos, ignorados, invisibilizados cuando no estigmatizados o perseguidos por esa masa amorfa que es la opinión pública, la corriente, la moda, la estupidez al fin.
No parecía muy simpático al poder ese señor pequeñito que se empeñó en caminar y caminar para reclamar el fin del monopolio de la sal en la India y acabó con la presencia colonial.
Tampoco eran muy bien vistos los cuatro gatos que empezaron a levantar su voz contra Noriega hasta que una mayoría se atrevió a desafiar al dictador cuando ya la economía los ahorcaba.
Pelandruscas, golfas, desvergonzadas… eso eran para la mayoría de la sociedad, mujeres incluidas, las primeras sufragistas que osaron a pedir el voto femenino, la participación en igualdad de condiciones en unas sociedades que se hacían denominar democráticas aunque excluyeran a un 50% de la población. Drogadictos, degenerados, vividores... eso eran para el mainstream la mayoría de artistas del dadaísmo o del surrealismo o del “nadaismo” o del arte pop…
Ser pionero es ser rompehielos, espolón de agua en una sociedad rocosa y cortante. Pero ser pionero es ser libre, responsable, saber que hay un papel que jugar y que mirar hacia otro lado es evitarse a uno mismo. Por eso, hoy quiero homenajear a los pioneros de El Colectivo, ese grupo anónimo, pero lleno de nombres y de rostros que luchó hasta el último minuto para que no se demoliera la antigua Embajada de Estados Unidos en Panamá.
Lo hicieron con color, con humor, con reivindicaciones pintadas de rojo, de amarillo, de azul y naranja. Allá estaban ellos y ellas, y sus hijos, y sus amigos, desafiando el efecto Albrook Mall, a la lluvia, a la indolencia de la mayoría y a los jaleadores de la nueva torre de vidrio y acero que abrían páginas en Facebook y rehuían el debate a la misma velocidad que loaban la visión del millonario y desmemoriado ministro de Finanzas, Vallarino, y de su jefe que no le manda, el Presidente de la República.
Podría parecer que los pioneros fracasaron en su misión: boquetes inmensos, paredes cayendo, historia convertida en añicos… Pero no es así. Al igual que los pioneros que trataron de evitar el desastre en Bellavista o los que siguen peleando para que el Casco Antiguo no sea zurcido a una autopista sus protestas y sus gritos quedan en la memoria colectiva, construyen otra mentalidad, poco a poco van abonando jardines en los que el imaginario social se cultiva con otros objetivos, florece con otro olor, germina desde la necesidad de preservar la memoria y construir sobre ella.
Hay otra propuesta de museo a la memoria, pero la memoria ya ha sido demolida. En Panamá se habla poco del pasado. De todo el pasado. No se discute mucho sobre el modelo de paso –empobrecedor y rentista– que implantó la colonia española y perfeccionó la neocolonia gringa; casi nadie pide una comisión de la verdad en la que no solo se aclare quiénes fueron los victimarios militares sino quiénes fueron sus cómplices desde la “sociedad civil”; no hay una revisión seria sobre la invasión de los ya colonizadores ni sobre sus consecuencias en la identidad, en la forma de comportamiento o en la estructura política…
Pero El Colectivo llamó la atención sobre todo esto y sobre algo más: la necesidad de que los ciudadanos retomen las calles, sean protagonistas de su historia, le pinten en la cara a los políticos sus reclamos y sus anhelos. También sus soluciones. La protesta en la sede de la antigua Embajada de Estados Unidos no fue una de las del “no a todo”, sino que acarreaba una propuesta concreta para el edificio. Una propuesta simbólica que estos mercaderes del poder no podrán entender jamás (obtusos vendedores de un país como si fuera un predio vacío) ni tampoco prosperará, de momento, entre ese porcentaje de ciudadanos hipnotizados por la riqueza ajena y la pobreza intelectual propia.
Una de las características de un pionero es que no desfallece. Sabe que no trabaja para su momento histórico, sino para la historia. Su trabajo construye, muy lentamente, una nueva sociedad y por eso, desde acá, mi homenaje.
[El poeta colonense Imbert Vega quizá hubiera rematado el artículo con estos versos: “Me duele esta ciudad / aquí el amor se viene en ínfimos instantes / pernoctando bajo las sombras / busco abrigar mi cuerpo con los cálidos mantos del olvido”. Yo lo hago recomendando a otros pioneros, los que trabajan en silencio para que la poesía de Colón exista y se multiplique. Altamente recomendable: http://poesiacolonensecontemporanea.webnode.es/]


