PRAXDA Z. CASTILLO Los detractores de la fiebre mundialista afirman, con toda razón, que los medios nos atacan con publicidad, datos estadísticos banales y cancioncillas zonzas. Los patrocinadores contaminan toda baratija posible con logos alusivos al evento; los restaurantes premian el consumo masivo con la transmisión de partidos, y hasta en los semáforos vemos a los vendedores ganándose honradamente su sustento, contagiando la fiebre de la caprichosa con banderitas, calcomanías y sombreros de las selecciones.
Algunos distinguidos lectores dirán que el Mundial es una excusa para gastarse el dinero en tonterías, en álbumes y cachivaches que terminarán en un rincón, y que los juegos solo atrasarán el funcionamiento de las burocráticas oficinas públicas, distrayendo a los empleados con el gol inesperado de Nigeria ante Argentina. Otros menos inflexibles argumentarán que desde las épocas de Pelé, Cruyff, Diego, Zizou y el Káiser, el evento ha perdido su calidad, y se ha vuelto un gran negocio donde lo último que importa es el nivel de juego. Algunos apasionados de nuestra bandera dirán que es una lástima (y sí lo es) que Panamá no haya ido todavía a un Mundial, y que no vale la pena verlo si no participamos en él. Todos son argumentos válidos que no cambiarán la realidad que nos espera: fútbol a toda hora. Me da cierto alivio que haya tanta expectativa por un evento que más que un acontecimiento deportivo, es una fiesta, un empuje a muchas áreas de la economía mundial, una pausa temporal a la sobreexposición mediática de tantos crímenes que, si bien son tristemente parte de nuestra actualidad, sirven más para alarmarnos y aterrarnos. Un nuevo tema para compartir en el trabajo, fuera de las acostumbradas malas noticias. El deporte es uno de los pocos elementos culturales que sobrevive a pesar de los cambios políticos y económicos de los países, pregúntenle a Honduras. Es una herramienta didáctica para los docentes que saben aprovecharla. Es una diversión sana, y otras veces, una cruda muestra de los defectos humanos. Es cierto que ocurren tragedias vinculadas al fútbol y sus pasiones, pero también pasa en otros eventos y por otras razones. La historia nos ha mostrado que en condiciones apropiadas, dos equipos y sus aficiones pueden participar civilizadamente de una guerra simbólica, sin armas, sangre ni muertos, sin más cañones que los de sus piernas, sin más armadura que sus camisetas. Por un mes completo habrá algo bueno que ver en familia frente al televisor. Por cuatro semanas veremos a nuestros hijos abandonar la entorpecedora consola para salir a patear balón. Por 30 días tendremos excusa para convivir con amigos en persona, sin refugiarnos en el espejismo de las redes sociales. Por todo este glorioso junio nuestros comerciantes informales vivirán la prosperidad que tanta falta les hace. Nos guste o no, el fútbol cambia las rutinas, los titulares, las rivalidades políticas, las vitrinas, la voz, las emociones, la vida. Dios quiera que en 2014 nuestros jugadores tengan la oportunidad que merecen, la oportunidad para hacernos cambiar todo.


