Para balancear tantas noticias sobre politiquería criolla, que me tienen hasta la coronilla, y no lamentar lo que gasto en periódicos, les saco el jugo leyéndolos “de cabo a rabo”. Fue así que no pasé por alto una noticia tan insólita que me dejó boquiabierta (La Prensa 10/6/2011). El “camellicidio” que una empresa australiana propone: matar a la población entera de camellos salvajes en el país, “porque sus flatulencias contribuyen al efecto invernadero; cada animal emite al año unos 45 kilos de gas metano que equivalen a una tonelada de dióxido de carbono. A los 1.2 millón de dromedarios los matarían desde helicópteros y vehículos todo terreno; la carne de los camélidos se usaría para alimentos de animales de granja o domésticos”.
Estos animales son voraces; pueden tomar hasta 200 litros de agua en pocos minutos; comen lo que encuentran a su paso, destruyen cercos, y causan accidentes vehiculares; sus destrozos se contabilizan en unos 10 millones de dólares al año. Menos mal que a nadie se le ha ocurrido un “humanicidio” masivo si se considera que somos más dañinos que los camélidos; y que, a diferencia de otros animales (el hombre es animal), somos los únicos que pese a la capacidad de razonar, mata y hace daño por odio, codicia, religión, y otras razones viles.
Es tal el impacto de la noticia del “camellicidio” que hay cientos de sitios web comentándola. Por otra parte, la organización Monitoreo del Carbono para la Acción (Carma, por sus siglas en inglés), afirma que entre los 10 países que más contaminan (Estados Unidos, China, Rusia, India, Japón y Alemania), está Australia cuyas plantas son las menos eficientes; emiten 10 toneladas de dióxido de carbono per cápita, comparadas con las 8.5 toneladas de Estados Unidos. Si los camellos cantaran, no cantarían “Échame a mí la culpa de lo que pasa…”.
Siguiendo con lectura que ilustra, gracias al querido amigo, César Young Núñez, estoy leyendo El hombre que amaba a los perros, novela del cubano Leonardo Padura sobre el político ruso Trotski, su asesino, Ramón Mercader, y las intrigas del despiadado Stalin para eliminar a Trotski. “En su furia personalista” Stalin tuvo la idea de convertir a Moscú en la nueva ciudad socialista; para hacerlo destruyó antiquísimos tesoros como el Monasterio de los Milagros, el de la Ascensión; el magnífico Palacio de Nicolás y el Templo de Cristo Salvador, la más grande edificación sacra de la ciudad. Para Stalin el templo estaba en el sitio ideal para levantar el Palacio de los Sóviets desde donde podría contemplarse la Plaza Roja sin este estorbo.
También ordenó construir un hotel a unos cien metros del Kremlin, para alojar a visitantes distinguidos; encargó a los arquitectos Saveliev y Stapran presentarle dos proyectos, “seguro de que sabrían interpretar sus deseos”; cuando Schúsev, el proyectista se los presentó, Stalin no tuvo tiempo de mirarlos antes de irse de vacaciones. “El camarada Stalin nunca se equivoca”, se dijo Schúsev; para no contrariar al temido jefe, e ir sobre seguro, ordenó construir los dos proyectos en un solo edificio; uno de diseño moderado y el otro, con adornos; algunos dicen que fue Stalin el que aprobó las dos torres asimétricas que resultaron en un esperpento arquitectónico. Al leer este episodio pensé inmediatamente en la Godzilla, Torre Tusa, al lado (casi en) del hospital Santo Tomás. Así es la soberbia, y así resulta lo que permiten los funcionarios timoratos y la desidia del pueblo.
Las noticias políticas nacionales reflejan soberbia, temor, acomodos, politiquería, demagogia, e indiferencia ciudadana. No menguan los escándalos, la corrupción y la criminalidad.
Las partidas discrecionales presidenciales que tanto criticó Martinelli, siguen siendo piñata; lo único que los diputados tienen en el cerebro es el control de la legislativa, unos para continuar rapiñando y complacer al Ejecutivo; los otros para entrar en “la papa”; los agricultores se sienten abandonados; las medidas populistas son “curitas” para heridas sociales profundas; la ciudad crece insegura, sucia, desordenada, sin infraestructuras para aguantar tanto abuso; para colmos, en la cinta costera no se ha podido ubicar el alineamiento de la tubería que vertía las aguas servidas al mar y los detritus humanos se riegan sin discriminar clase social.
Arrogante, el Presidente declara que la extensión de la cinta costera va, pese a las objeciones de la Unesco. ¿Se ha preguntado la gente de El Chorrillo y Barraza si no se convertirán en indeseables cuando desentonen con la cinta costera, y los urbanistas codicien esas tierras para más torres millonarias? La abusiva publicidad gubernamental con el matraqueo de la voz del Presidente parece intencionada para “lavarnos el cerebro”.
Dejar en manos de funcionarios de turno (con intereses privados, además), el destino de sitios declarados patrimonio mundial de la humanidad es un irrespeto a los intelectuales, historiadores, a los que aprecian su valor. Panamá es como la jovencita que sale a la calle pintadita y arreglada, pero que debajo de la ropa esconde un panti con agujeros, un brasier viejo emparapetado con un imperdible; sin haberse bañado, y disimulando olores no gratos con perfumes baratos, porque no hay agua en el barrio. El auge económico continúa, pero repartido mezquinamente. Somos un país “pura pinta”, niña bonita a la que si se le quita la ropa muestra la miseria que esconde.


