Analizando los acontecimientos políticos de mi querido Panamá, no solamente durante el período transcurrido por el actual gobierno, sino por los gobernantes que se han sucedido en la administración del país inmediatamente después de la invasión norteamericana en diciembre de 1989, cuando se puso término al gobierno militar del general Manuel Antonio Noriega, trato de entender qué es lo que motiva a los diferentes aspirantes a los puestos de elección popular, incluyendo el cargo de Presidente de la República, para ocupar la posición anhelada.
Durante las campañas políticas, todos, sin excepción, prometen acabar con el desempleo y la desnutrición; construir casas adecuadas para que los más humildes puedan vivir con sus seres queridos en un ambiente de paz y armonía; mejorar la seguridad social y los servicios hospitalarios; favorecer la inversión local y extranjera para que promuevan empleos dignos; velar por una buena educación y lugares adecuados para realizar estudios; construir buenas carreteras y caminos de penetración, que faciliten a los agricultores enviar sus productos a los mercados.
Todo esto y mucho más forma parte de las promesas que hacen los políticos, en un ambiente de alegría permanente, durante el período de campaña proselitista. Aparte de la ayuda pecuniaria para cubrir gastos menores dirigida a los más desamparados, con el compromiso de que ellos depositen sus votos a favor del aspirante y, por supuesto, con el ofrecimiento de cosas mejores si resultan electos en los puestos públicos.
Con cuánta esperanza de alcanzar mejores días se lanzan a apoyar a sus candidatos, que solicitan el respaldo y los votos de amigos y vecinos.
Una vez culminado el período electoral, al anunciarse los resultados oficiales de las elecciones, empieza para los favorecidos con los votos un período de adaptación al nuevo cargo, y para los electores un período de espera del cumplimiento de las promesas ofrecidas en campaña.
Algunos, muy pocos por cierto, ven cumplidos sus deseos de un empleo público, a la mayoría solo les queda el recuerdo de la camaradería que reinó entre ellos y los candidatos durante la contienda política, pues una vez alcanzado el triunfo, sus amigos entrañables no tendrán tiempo para atender sus requerimientos.
Es una pena que, en lugar de trabajar con pasión en la posición pública que le corresponda a cada uno, gracias al respaldo de sus electores, un alto porcentaje de los que alcanzan un cargo público se preocupe más por las próximas elecciones que por encontrar soluciones a los múltiples problemas que afectan a los menos afortunados del país, faltando así a los ofrecimientos tan generosos que prodigaban a sus seguidores. No comprendo por qué es tan difícil que los políticos entiendan que, en la medida en que demuestren, con hechos, su verdadera preocupación por encontrar alivio a las penurias de todo el pueblo, sin distingo de partido político, así mismo se harán acreedores del cariño y agradecimiento de los votantes.
No son las promesas incumplidas las que los mantendrán activos en la política, sino las obras positivas que permitan lograr mejores días para la patria y, por ende, para los ciudadanos. Panamá requiere, con urgencia, estadistas que se preocupen por su futuro. En la medida en que los estadistas aumenten, los políticos que solo se preocupan por las próximas elecciones irán desapareciendo, hasta convertirse en un mal recuerdo de épocas y situaciones felizmente superadas.


