Hace casi 50 años, el presidente John F. Kennedy presentó su agenda continental ante el cuerpo diplomático latinoamericano en Washington. A diferencia de sus predecesores en la Casa Blanca, parcos a la hora de concebir una iniciativa para todo el hemisferio, Kennedy ofreció una nueva Alianza para el Progreso.
Invocando el espíritu libertario de la historia de las Américas, el nuevo presidente estadounidense invitó a la región a unirse en torno a objetivos comunes. La piedra angular sería la expansión de la democracia, base para construir el desarrollo institucional, la participación ciudadana y la prosperidad económica y social.
Sobre estos pilares, Kennedy propuso profundizar la integración regional dinamizando el comercio, la creación de un programa regional de seguridad alimentaria, la cooperación científica y cultural, y la transferencia de conocimiento mediante intercambios universitarios. El Banco Interamericano de Desarrollo era una plataforma para poner en marcha nuevos esquemas de educación, salud y nutrición que atendieran a la población más vulnerable.
Su discurso concluyó aquel 13 de marzo de 1961 con un compromiso por hacer de las Américas una región de personas libres, unidas por el objetivo de sociedades más prósperas y justas, en donde todos pudieran vivir dignamente. Nacida en la Guerra Fría, la Alianza para el Progreso recibió mucha atención en su día, pero la propuesta se desvaneció a fines de esa misma década.
Sin embargo, sus ideales estimularon la transformación de nuestra región. Hoy, reconociendo sus diferencias ideológicas y la diversidad de modelos políticos, América Latina exhibe democracias vibrantes. La economía de mercado se ha consolidado progresivamente, en un ambiente de mayor calidad institucional y de mejores condiciones sociales.
Medio siglo más tarde, ha llegado la hora de construir un nuevo acuerdo por el progreso para una nueva América Latina, en donde todas las naciones contribuyan lo mejor de su experiencia en favor del bienestar colectivo. En esta ocasión, en lugar de una agenda liderada por una sola nación, debe ser el continente entero el que llegue a un nuevo entendimiento.
Un buen punto de partida sería la ratificación por parte de Estados Unidos de los tratados de libre comercio con Colombia y Panamá. Un acuerdo de esa naturaleza le permitiría a la industria estadounidense lograr un incremento de 27% en sus exportaciones a Colombia. Todos ganarían, ya que se crearían empleos en ambos países.
Las oportunidades surgen de nuestras propias características y conquistas sociales. Nuestra población de cerca de 590 millones de personas tiene un promedio de 27 años de edad –menor que la población de Asia, Europa y Estados Unidos. No menos de 64% de nuestros ciudadanos se considera parte de una creciente clase media. En la última década, 40 millones de personas han salido de la pobreza. La esperanza de vida se sitúa en 74 años, la cobertura de agua potable es superior al 86%, nuestros niveles de alfabetización se aproximan al 92%, mientras la mortalidad infantil se ha reducido a la mitad en las últimas dos décadas.
Estos cambios son evidencia de los efectos de la democracia, la apertura ordenada a la inversión, una política social inclusiva, la ampliación de mercados para nuestras exportaciones, la estabilidad macroeconómica, un clima de negocios más amigable y sistemas financieros más sólidos, entre otros factores.
Además, la globalización nos presenta realidades que, bien aprovechadas, nos abren espacios para consolidar los logros alcanzados. Las economías emergentes tienen un papel más relevante en el contexto internacional, los nuevos patrones de crecimiento han derivado en una reformulación de los flujos de comercio e inversión hacia América Latina. No todos nuestros países se encuentran en la misma situación; las oportunidades y desafíos son mayores para unos que para otros. Pero tenemos un potencial enorme y es nuestra responsabilidad aprovecharlo.
Estos avances conforman una nueva y poderosa narrativa: una región con más confianza, más expectativas y una visión más global. Esta es la región que el presidente Barack Obama encontrará en su viaje a Brasil, Chile y El Salvador. Una región que ha aprendido de sus experiencias y que busca acelerar su marcha hacia un mejor futuro. Si actuamos ahora y en conjunto, no hay duda de que estaremos ingresando en la década de América Latina.
La Cumbre de las Américas, que se celebrará el año próximo en Cartagena de Indias, es una oportunidad para alumbrar un nuevo acuerdo para el progreso continental.
Un acuerdo que estreche los lazos comerciales, expanda la integración física y energética, cierre la brecha digital, erradique el analfabetismo y derrote las principales causas de mortalidad infantil. El hemisferio en su conjunto debe establecer normas claras para la migración, fomentar la innovación, reducir los efectos del cambio climático, mejorar la prevención de desastres naturales y estrechar la cooperación contra el crimen organizado, el terrorismo y el narcotráfico. Cumplir con estos desafíos no será fácil. Pero es necesario, y está a nuestro alcance. Juntos podemos emprender una época nueva, que corresponde a la nueva región que estamos construyendo.


