La desafortunada declaración del magnate norteamericano Donald Trump, al señalar que Washington entregó “estúpidamente” el Canal interoceánico a Panamá “a cambio de nada”, denota un alto grado de desconocimiento histórico y una ignorancia total de la lucha generacional del pueblo y Gobierno panameño por el rescate del Canal y de nuestra soberanía e integridad territorial, aparte de ser una falta de respeto de un empresario a quien nuestro país le ha abierto las puertas comerciales.
La decisión del Consejo Municipal, al declararlo unánimemente como persona non grata, me parece que ha sido acertada, porque refleja el sentir de la población panameña, indignada, mancillada y vilipendiada por un personaje carente de sentido común.
Es menester que toda persona, profesional o no, investigue sobre la realidad y la historia de su lugar de destino (en este caso de negocios), a fin de ser prudente en sus apreciaciones, sobre todo, cuando se trate de temas álgidos que afectan a la colectividad.
Y es que el tema del Canal de Panamá levanta pasiones encontradas en cada uno de los panameños y panameñas que durante toda la época republicana, desde el fatídico Tratado Hay-Bunau Varilla, del 18 de noviembre de 1903, ofrendaron sus vidas en una lucha generacional para recuperar nuestro principal patrimonio natural.
Incluso, las ganancias actuales que nos proporciona el Canal no pueden resarcir el perjuicio moral de nuestra población y el daño económico causado por la estafa multimillonaria que Estados Unidos ejecutó contra Panamá. La sola existencia de un enclave colonial y militar norteamericano en nuestro territorio, con sus bases militares, con su discriminación racial y laboral, con su sistema escolar foráneo en inglés, ajeno a nuestra cultura, con su jurisdicción civil y penal, y sus cortesnorteamericanas, aplicando leyes ajenas a nuestro sistema jurídico, entre otros exabruptos, son fieles ejemplos de los abusos cometidos por los norteamericanos y que nuestra memoria histórica no debe olvidar.
Cada una de las intervenciones norteamericanas en Panamá, desde 1903 hasta la cruel e injustificada invasión de 1989, contribuyeron para que en nuestras mentes y en nuestros corazones aumentara el deseo de ser libres de las ataduras extranjeras. Ese anhelo de ser soberanos (recordemos que en 1903 nuestra soberanía fue mediatizada/cercenada), fue el detonante que abanderó la lucha por el rescate de nuestro Canal; ese deseo ferviente de enarbolar nuestra bandera en el Cerro Ancón nos llevó a sembrar banderas en la antigua Zona del Canal en 1958. Fue ese espíritu de libertad el que guió a los estudiantes del Instituto Nacional y a los mártires de enero de 1964, y fue la motivación del Tratado Torrijos-Carter de 1977, en el que se pudo negociar su recuperación.
Finalmente, recuperamos el Canal a cambio de mucho; es más, Panamá debió presentar una demanda archimillonaria por los daños ocasionados a nuestra población civil y por el retraso en nuestro crecimiento económico, producto de esa época de ribetes colonialistas.
Entonces, señor Trump, documéntese, abra su mente a la historia; los tiempos de la patria boba ya pasaron. Incluso nuestras etnias indígenas, de las cuales me siento orgulloso, nos dan cátedra de sentido común en los diversos temas de actualidad, tanto nacional como internacional. En la vida no todo es negocio. Usted será un exitoso empresario, pero para nosotros “que vivimos en carne propia el último gemido de los mártires” (como expresa Berta Alicia Peralta en su Poema 9 de enero: un minuto de silencio”). Usted en un analfabeta intelectual, carente de algo elemental: el sentido común.


