Panamá suscribió la declaración del Milenio junto a la mayoría de los países del mundo desde el año 2000. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) tienen como fecha horizonte el año 2015, es decir, estamos a escasos cuatro años para su cumplimiento. Todos los objetivos son importantes, pero el objetivo tres dice, taxativamente: Promover la equidad de género y la autonomía de la mujer.
Aunque este objetivo está dedicado especialmente al empoderamiento de las mujeres, en realidad el tema de género atraviesa todos los objetivos de manera transversal. Y esto es así porque las inequidades de género, es decir, la desigualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, está relacionada con todas las manifestaciones de la vida social: la pobreza, la nutrición, la división sexual en el mercado de trabajo, el desigual acceso a los ingresos, el sexismo en la educación, con la salud infantil y materna, con la violencia doméstica, con la salud sexual y reproductiva, con las enfermedades emergentes, con el uso sostenible de los recursos naturales, con el acceso al financiamiento y a la tecnología, entre otros.
El logro del objetivo tres se mide a través de los siguientes indicadores: relación entre niñas y niños en la enseñanza primaria, secundaria y superior; proporción de mujeres entre los empleados remunerados en el sector no agrícola; proporción de escaños ocupados por mujeres en los parlamentos nacionales.
Coincido con Cepal en que tanto la meta como los tres indicadores oficiales resultan insuficientes para evaluar la situación de las mujeres, en especial, en América Latina y el Caribe.
En esa línea, se ha avanzado en la identificación de áreas consideradas críticas que no eran captadas por los indicadores oficiales y que motivaron el desarrollo de una serie de indicadores que se conocen como “complementarios” y “adicionales”. Ellos contribuyen a profundizar la mirada respecto de la situación de las mujeres de la región y buscan reflejar el efecto de las desigualdades de género en la pobreza, su incidencia según el género y el acceso desigual a los recursos monetarios y productivos.
La desigualdad de género en nuestro país es un problema real. El último Informe de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (2010) señala que Panamá pasa de ocupar el lugar 54, según el Índice de Desarrollo Humano, al lugar 81, cuando se le aplica el Índice de Desigualdad de Género.
Vinculado a este problema quiero referirme de manera particular a la participación política de las mujeres. En Panamá la Comisión Nacional de Reformas Electorales (CNRE) ha planteado por unanimidad la paridad política para las elecciones, con el ánimo de que se incorporen más mujeres a la toma de decisiones.
Esta propuesta, al igual que todo lo consensuado por la CNRE, ha quedado supeditada a una reforma general de la Constitución Política planteada por el Ejecutivo.
Panamá ocupa el último lugar en América Latina en la proporción de escaños ocupados por mujeres en los parlamentos nacionales. Esta no es una distinción honrosa. Sin embargo, todavía se escuchan voces en los diferentes medios de comunicación en contra de la paridad política, e incluso, en contra de la “ideología de género”, como si esta fuera una enfermedad contagiosa.
Es importante recordar que fue necesaria la Constitución de 1941, para darle el voto parcial a las mujeres y la de 1946, para que el voto femenino fuera “universal”. Nunca ha sido necesario legislar de manera específica sobre el voto masculino, porque es un “derecho propio”, como otros que ni siquiera se discuten.
En esta ocasión se ha planteado la necesidad de elevar a rango constitucional la igualdad de género, porque esta es un problema en Panamá. No es cierto que la igualdad esté consagrada en la Constitución, cuando se dice que no habrá ni fueros ni privilegios, porque todos sabemos que eso es irreal.
De hecho, existen diferentes categorías dentro de la ciudadanía en Panamá. Por eso, si deseamos avanzar hacia una sociedad más democrática y justa, erigir en la Constitución y en la mente de la clase gobernante, el valor de la equidad, será un paso trascendental.


