Para los creyentes católicos que queremos a nuestra santa Iglesia, con todos sus defectos, los últimos años han sido decepcionantes por causa de los abusos del clero con los menores de edad y el subsiguiente encubrimiento por las autoridades eclesiásticas.
Preocupados por la situación, la Conferencia Episcopal de Estados Unidos de América comisionó al John Jay College of Criminal Justice para que hiciera un análisis del problema. Este presentó su informe el 18 de mayo (htpp://www.jjay.cuny.edu/4688.php). Como era de esperarse, exonera a los señores obispos y a la Iglesia de la causa del problema. Nadie va a pagar por un informe que los inculpe.
El informe señala que la mayor incidencia de este problema fue en las décadas de los años 60 y 70 y se debe, no a un problema dentro de nuestra Iglesia, sino a los cambios culturales de esa época a una sociedad más permisiva. Ya yo tengo casi 80 años y recuerdo escuchar de mis amigos que asistían a los colegios de los religiosos que había que tener cuidado de no quedar solo con tal hermano o cura mucho antes de esas fechas. El problema es de mucho antes, se repite en casi todos los países y sigue ocurriendo. ¡Es estructural y no viene de causas externas!
El informe le echa la culpa en los cambios sociales como el uso de drogas, aumento de crimen, sexo fuera del matrimonio y al divorcio. Dice el informe que no tiene que ver con la selección y preparación del clero, ni con el celibato o la homosexualidad ni con el hecho de que sea un clero exclusivamente masculino. En otras palabras, los señores obispos y la Iglesia no tienen responsabilidad en esto. Las causas son externas. ¡Qué conveniente! El informe sí menciona como factor causal la soledad y el aislamiento que tiene el clero del contacto humano por causa, en mi opinión, del celibato obligatorio, el estilo de vida y de no tener una familia íntima.
De los muchos curas y religiosos entrevistados, incluyendo muchos que no tienen antecedentes de abusos de menores, 80% admitió haber tenido experiencias que riñen sus votos de celibato. Algunos entran en uniones ilícitas o abusan de los que tienen a su cargo. Tengo que señalar que se trata de minoría del clero, pero una minoría que ha hecho mucho daño a la fe de los cristianos. También parece ser un problema universal y de mucha data, pues se reporta de casi todos los países y de casi todos lo tiempos. El santo padre Benedicto XVI ha dictado normas nuevas para castigar y reportar a los religiosos que cometen estos abusos. Esto es para satisfacer la opinión pública que ha sido tan crítica. No resuelve en nada el evitar que estas cosas ocurran.
La curia romana es fundamentalista, conservadora y tradicionalista. Le tiene pánico a los cambios y a reconocer los problemas. No podemos esperar que las autoridades actuales le den una respuesta definitiva a este problema. Se requieren cambios sustanciales en la selección y la preparación de los seminaristas y de eliminar el celibato obligatorio.
San Pablo nos dice en el capítulo séptimo de su Primera Carta a los Corintios que el celibato es un estilo de vida loable, pero no es para todos. Los que no pueden hacer ese sacrificio, que se casen. Cuántos buenos sacerdotes hemos perdido porque renuncian para casarse! ¡Cuántos jóvenes desisten de su vocación por no comprometerse al celibato!
Después de todo, los apóstoles eran hombres casados. Por el primer milenio de nuestra época, se les permitía a los curas casarse. En las iglesias católicas de rito oriental, se les permite a los curas casarse y tener una familia. A los sacerdotes de le Iglesia anglicana que se convierten, se les permite seguir casados.
Cuántas vocaciones perdidas y cuántos hombres buenos han dejado los hábitos por esta causa. A los fieles creyentes solo nos queda rezar para que el Espíritu Santo nos mande otro Juan XXIII, hombre santo que sí tuvo el valor de reconocer los problemas y buscarle soluciones. Por ahora seguiremos sufriendo la escasez de sacerdotes, pues las actuales autoridades no creen que tenemos un problema.


