En los últimos meses hemos venido siendo blanco del bombardeo mediático con la futura construcción de la torre financiera. ¡Qué maravilla! Desarrollo, poderío, usted menciónelo. Muy probablemente, dentro de algunos lustros, pasará a ser uno de los íconos emblemáticos de nuestro país a nivel internacional, tal como lo son el Puente de las Américas, el Canal de Panamá o la torre de Panamá La Vieja.
Sin embargo, cuando una obra de esta magnitud quiere ser desarrollada anteponiendo los intereses de ciertos sectores a los intereses comunes de la población hay que hacer un alto y evaluar muy bien la situación. Y esto último lo digo refiriéndome al impacto que, tanto antes como durante y después de la construcción de dicha torre se creará sobre una obra que, otrora, fuera una de las obras arquitectónicas más importantes de nuestra vida republicana y que, aún en nuestros días, es símbolo de seguridad para nuestros ciudadanos: El hospital Santo Tomás. Querer vendernos la idea de que la construcción de este gran proyecto, tal cual lo han diseñado y donde lo han ubicado, será solo de beneficio para nuestro país es, como dicen, querer tapar el sol con un dedo.
Primero, me parece muy triste que las autoridades estatales no hayan pensado en construir una nueva torre de hospitalización en el lote, ya baldío, donde se erigía la antigua Embajada de Estados Unidos, pues no es secreto que el Santo Tomás, en donde se atiende a gran parte de la población panameña, periódicamente presenta problemas de número de camas insuficientes para la cantidad de pacientes que aquí necesitan ser hospitalizados (por no decir que siempre).
Sí, así como lo oye. Pero vemos que, en vez de considerar ampliar sus instalaciones, se toma la decisión de “ceder” el terreno en mención para la construcción de este hermoso coloso. Y nos vamos aún más allá, frente al hecho de que, además, utilizarán terrenos del hospital, los que se encuentran dentro de la cerca perimetral, para concretar a las niñas, aduciendo cosas como que “ ese lote de terreno no es parte de los jardines del hospital” (los cuales, por ley de patrimonio histórico no pueden ser tocados ni alterados) o “la utilización del subsuelo para desarrollar estacionamientos subterráneos no afectarán las estructuras de los edificios circundantes”, o “el helipuerto del hospital está subutilizado” (como excusa para aceptar una torre de 70 pisos a su lado y todos los cambios en las corrientes de viento que esto conlleva) o “remozaremos y haremos nuevos jardines históricos”, o “construiremos la planta de tratamiento de agua que, desde hace mucho necesita el hospital Santo Tomás, pues la capacidad del tanque séptico ha sido rebasada ya hace muchos años”, entre otras muchas razones que nos presentaron para hacernos ver que no seremos afectados sino, más bien, altamente beneficiados.
Podríamos seguir enumerando las múltiples bondades y beneficios que nos han puesto sobre el tapete para la construcción de las niñas, pero necesitaríamos mucho espacio para ello.
Me pareció un golpe bajo llegar a presentarnos fotos que muestran el deterioro de la fachada principal del Elefante Blanco, del mal estado y la falta de mantenimiento que podemos ver en los alrededores de las instalaciones e, incluso, que mostraran y cuestionaran la cerca perimetral del hospital como impedimento para que la población pudiera aprovechar dichos predios que son, y siempre se han debido, a la población panameña.
De hecho, el hospital Santo Tomás es el único lugar que, con toda certeza, recibe con los brazos abiertos a negros o chinos, gordos o delgados, católicos o musulmanes, pobres o ricos, asegurados o no asegurados; es decir, no se hace discriminación de raza, capacidad económica, sexo o tendencias sexuales ni de credo.
La cerca es cuestión de seguridad, tanto para los pacientes y sus familiares, como para el personal que aquí labora.
Mover, de poco a poco, a cuerazos el hospital de referencia más importante del país no nos parece una jugada inteligente ni mucho menos justa. La ubicación actual lo hace accesible a toda la población, en general, a la que más necesita de los servicios que aquí se brindan.
Que quede claro: no me opongo al desarrollo ni a los sacrificios que, como ciudadanos, debemos realizar para darle cabida al mismo. La torre financiera me parece un hermoso proyecto y, estoy segura, traerá bonanza para el sector privado. No tengo la menor duda de ello.
Sin embargo, invito a los padres de esta criatura a considerar otra ubicación que no afecte al Elefante Blanco.
Si, aún así, contra viento y marea y contra las leyes existentes que no permiten la construcción de este proyecto (tal como hoy lo quieren realizar), solo me queda invitarlos diciendo “El que quiera conocer al Elefante Blanco, que venga, porque lo acaban!”.


