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Sin salud no hay historia. Leila Shelton-Louhi

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El desenfrenado afán por entrar en el “primer mundo” está acabando no solo con nuestra identidad y nuestra seguridad, sino con nuestra salud.

Como cualquier médico puede confirmar, los factores anímicos, junto con la alimentación, cuánto ejercicio se hace y cómo se controla el contacto con los microbios y las sustancias tóxicas, entre otros, afectan al equilibrio interno del cuerpo y pueden debilitar al sistema inmune.

La pérdida de nuestros refugios y de tantos recuerdos visibles –sean deseados, o no– causan impactos invisibles que se manifiestan a largo plazo por medio de comportamientos indeseables, que coinciden hasta con incrementos en la violencia y en los problemas socioeconómicos.

Al haber permitido una destrucción despiadada, y sin precedentes, de nuestro patrimonio compartido –áreas donde nos relajábamos rodeados por la naturaleza, los vecindarios emblemáticos de nuestra historia que nos otorgaban identidad y tranquilidad– hemos sido autores del deterioro de nuestra calidad de vida, junto con la del ambiente del que nuestra salud es inseparable.

El caos y la incertidumbre –vivido en años recientes en Panamá– promueven daños biológicos que se reflejan en la salud pública deteriorada y en la desesperación de la ciudadanía en la búsqueda de soluciones.

Un pueblo enfermo no progresa.

No se puede mantener un bienestar óptimo y productivo, cuando nos encontramos combatiendo múltiples ataques “talibánicos” simultáneos en un entorno que cada día pierde algo de su individualidad, reemplazada por fachadas sin memorias y carentes de propósito sustancial.

La táctica de cambiar el paisaje de un pueblo –eliminando sus estructuras históricas y su identidad colectiva– se ha usado a lo largo de los siglos como arma para lograr su conquista. El golpe psicológico se refleja en el cuerpo debilitado, sin resistencia. Entre más percibimos estar sin voz y sin control de lo que nos rodea, peor.

Un pueblo enfermo, no se defiende.

Ahora –irónicamente– a pesar de tanto desgaste físico, anímico y económico que se ha sufrido en Panamá, la sociedad se encuentra batallando por el futuro del Hospital Santo Tomás, la institución que la ayuda a sanar.

Hecho hace un siglo con visión –tanto para servir al pueblo, como para también simbolizar las aspiraciones nobles de una nación llena de esperanza– el Santo Tomás se ha distinguido no solo en este país, sino en toda la región y en el hemisferio, por su excelente labor y la dedicación mostrada pro beneficio de la salud panameña y de la humanidad.

Así como este complejo hospitalario tiene un impacto directo y beneficioso en la salud pública de Panamá, áreas como el Casco Antiguo –que nos identifica en el mundo y nos permite vivir nuestra historia– también lo tienen.

Fortalecen nuestra identidad nacional y propia, creando una autoestima sana.Un pueblo que valora quién es, prospera.

Se llega al “primer mundo” evaluando y respetando los logros del pasado –tanto recientes como históricos– para saber invertir en lo que realmente se necesita.

No es siempre algo “nuevo”. Eso incluye reservar recursos y espacio para la expansión de instituciones con trayectoria comprobada que velan por el bienestar actual y futuro del pueblo.

Un pueblo saludable, determina su historia.

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