Mi artículo publicado en este diario el 12 de marzo de 2011 (Los médicos ya no lloran) causó tantas reacciones de profesionales de la salud y lectores en general, que he considerado necesario hacer unas acotaciones que recogen inquietudes de unos y otros que comparto.
Modales con los enfermos (Bedside manners) es la asignatura en la medicina moderna que define la conducta como el médico debe interactuar con sus pacientes. Buena atención al paciente es la actitud en todo centro de salud del primer mundo. Puede ser privado y no proporcionarlo, como ocurre en la sala de urgencia de un costoso hospital localizado en la Vía España, famoso por tratar con desdén a los pacientes que acuden allí.
La humanitaria atención al paciente no debe ser una opción; debe ser la conducta a seguir por todos los profesionales de la salud. No debe eximirlos de esta responsabilidad supuesto exceso de trabajo, mala remuneración, malos tratos de los superiores, falta de insumos, etc. Lamentablemente, con demasiada frecuencia a causa de las deficiencias señaladas, el médico se desconecta emocionalmente, olvidándose de que para sanar a un paciente debe darle un poco de amor. Todo sin amor muere.
En “Los médicos ya no lloran” menciono tangencialmente el fraude que, a mi juicio, ha sido el Seguro Social. Esta opinión es rechazada por algunos médicos. Desde mi perspectiva, el fraude consiste en que un porcentaje importante de la clase media trabajadora que puede costearse ese lujo, jamás utiliza el Seguro Social. Prefiere pagar un centro de salud privado y termina pagando al Estado un servicio que no recibe.
Tampoco es porque la clase mejor remunerada paga por una jubilación del primer mundo y recibe dos pepitas de marañón a cambio de 30 años de cuotas altísimas, robándole en la vejez su dignidad pagada en demasía. El fraude tampoco es por la clase obrera (la mayoría) que obtiene beneficios extraordinarios sin pagar por ellos. Tampoco se aplica a las nuevas generaciones que están subvencionando un fraude Ponzi. Lo triste de esta estafa es que pareciera no importarnos. Mientras tanto, rézale a San Filemón Eustaquio para ver si el milagro llega mañana.
El fraude mayor, el sanctum sanctrum de la estupidez, es la cobardía de querer pensar que el sistema panameño funciona y seguirá funcionando en el futuro. Los números comprueban matemáticamente mis palabras. Entre peor funciona el sistema estatal, más ingresos tendrá el privado. La defensa de esta chabacanería es la virtud del mediocre. En el universo existe una regla incuestionable: todo tiende a cambiar, a regenerarse o destruirse. No aquí. Meses y meses para obtener una cita. La excusa: “no hay especialistas”. Lo siento no hay citas. Es la maldita “burrocracia”.
La escasez de especialistas panameños se debe, entre otras razones, a que a los graduados con experiencia en hospitales extranjeros los obligan a pasar dos años de internado o “infernado”, como se le conoce. Desgraciadamente, estos médicos no son reconocidos como especialistas en su propia patria. Necesitamos especialistas, pero no aceptamos a los nacionales. La actitud de desperdiciar a un solo cerebro panameño en Panamá es una aberración.
El colmo de la locura es que si son especialistas extranjeros los aceptamos, y les damos besitos para que vengan. Los extranjeros no tienen que hacer el “infernado”. ¡Wao!
Tenemos una escasez de cientos de médicos especialistas en Panamá. Pero nos negamos a darle la bienvenida a nuestros especialistas. ¿Por qué? Todos sabemos la razón. Antes el especialista era como lo describiese gráficamente el doctor Joaquín Perurena: Antiguamente, un doctor colocaba el tornillo, y el mismo médico giraba el destornillador y luego, con una sonrisa hacia su paciente, se aseguraba de haberlo hecho bien. Hoy día hasta el sudor hay que secárselos.
La remembranza nos hace recordar una imagen sagrada del médico. La historia nos ilustra las discrepancias del médico luchando por siglos contra creencias religiosas que desafían la ciencia. Médicos siempre exponiendo sus vidas por la humanidad. El médico no debe ser inhumano y vulgar; nuestra psiquis no lo acepta. Al referirse a mi artículo anterior, una doctora me escribió: “lo siento, de tanto llorar mis lágrimas se han secado”. La entiendo. Me pregunto entonces, ¿por qué no ríen? No pierdan la fe.


