RULING BARRAGÁN YÁÑEZ A veces, para comprender un concepto se requiere entender lo que no es, en vez de lo que es. Así sucede con ciertas ideas como la de dignidad humana. Ésta se hace comprensible al entender lo que no es; al conocer, por ejemplo, en qué consisten la vergüenza y el cinismo.
En La Retórica, Aristóteles define la vergüenza como un “dolor o pesar en nuestro ánimo al considerar cosas pasadas, presentes o futuras que pueden deshonrarnos”. Por su parte, la desvergüenza (o lo que hoy llamaríamos cinismo) la define como un desprecio o indiferencia por esas mismas cosas. En la Ética a Nicómaco, señala que al cometerse una imprudencia es bueno avergonzarse por ella, pues “la imprudencia sin vergüenza constituye un vicio y el que no se avergüenza por las imprudencias que comete, se convierte en un miserable”. Aun así, para Aristóteles la vergüenza no es una virtud por sí sola. “Es absurdo pensar que, por sólo sentir vergüenza, ya se es un individuo virtuoso”. Por otro lado, Spinoza en su Ética analiza un poco más el estatus moral de la vergüenza. “La vergüenza, al igual que la compasión, es algo bueno –aun cuando no se trate de una virtud– pues muestra que el que siente vergüenza está realmente imbuido por el deseo de vivir dignamente… por consiguiente, aunque un hombre avergonzado se encuentra afligido, es moralmente preferible a un sinvergüenza, que no tiene ningún deseo de vivir con dignidad”. De acuerdo a lo anterior, una vida humana digna o virtuosa requiere como condición mínima –necesaria mas no suficiente– la capacidad de sentir vergüenza. Esta característica del ser humano nos ayuda un poco a comprender el concepto de dignidad humana. Así pues, lejos de ser un concepto abstracto, frío y vacío, la dignidad humana es una realidad que podemos constatar inmediata y concretamente a través del sentimiento de la vergüenza, uno de los afectos más naturales y distintivos del ser humano. Como sugería Spinoza, si tuviéramos que elegir entre una persona que se avergüenza de sus errores y otra que no, tendríamos que escoger a la primera. Hay algo en esta persona que reconocemos como éticamente superior a un individuo cínico. De hecho, podemos decir que en el cinismo identificamos un vicio moral sumamente pernicioso, algo totalmente contrario a la dignidad humana. En su forma más extrema, el cinismo, como radical falta de respeto por los demás, es –en el fondo– una especie de nihilismo, la ausencia de todo sentimiento por el valor de los demás. Hay todavía esperanza cuando aún poseemos la capacidad de avergonzarnos por el mal moral, propio o del prójimo. Aunque no lo es todo, sin esta capacidad la virtud o la dignidad humana es nada.


