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El liderazgo fundamentado en la verdad

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JOHNNY SUÁREZ SANDÍ

El Apóstol San Juan nos enseña en su Evangelio, Capítulo 8, versículo 32 “…y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.” Un enunciado simple y a la vez profundo que une dos conceptos fundamentales de la vida del ser humano: la libertad y la verdad, la primera como consecuencia de la segunda. Por su lado, Platón y Aristóteles definen la verdad como aquello que permanece, aquello que es inmutable, aquello que siempre es.

Partiendo de lo anterior, la verdad (la que muchos relativizan), está más allá del ser humano, más allá del líder y este último no puede pretender, con su discurso, distorsionar lo que a todas luces es. Traigo a colación estas definiciones a raíz de la tendencia que tienen algunos líderes o aprendices de líderes nuestros de querer hacernos creer, con reiterados mensajes vacíos, que con su adornado verbo, nos convencerán de que el paisaje que nos dibujan es real y no un mero espejismo.

Acudir al subterfugio, al engaño o a la promesa, es contrario a la moral de cualquier ser humano que tenga un mínimo de respeto, no solo hacia sí mismo y a sus creencias, sino al resto de sus pares. Más deleznable aún es cuando se promete algo que de antemano se sabe que no se puede o no se va a cumplir; aquí podemos hablar de estafa a la buena fe de los receptores de esas promesas y mensajes, que a menudo son “creíbles” y muy bien elaborados.

Tal vez exista la creencia entre los líderes o seudolíderes, que caminar de la mano con la verdad no sea rentable o que los pueblos son tan ingenuos que basta con “echar un poco de cuento” o entonar cantos de sirena para hipnotizar a la gente y arriarla como ganado al establo; ciertamente en un claro irrespeto a la inteligencia individual y colectiva.

Los réditos de la verdad (como yo la entiendo, que es decir las cosas por su nombre), aparte de que nos hace libres, nos hace mejores, no más o menos malos seres humanos y ciudadanos.

Hablar con la verdad enaltece y libera tanto al que la proclama como al que la recibe. Vivir con la verdad nos da paz, serenidad, posibilidad de discernimiento y, especialmente, una enorme capacidad de relacionarnos con los demás.

Entonces, ¿por qué tanto afán en crear expectativas, hacer ofertas y promesas que no resisten el más mínimo examen y confrontación con lo que realmente es o puede ser?

La fortaleza del verdadero líder radica en su capacidad de guiar, en su sagacidad para involucrar a las masas en la búsqueda de objetivos comunes y en la construcción del bienestar de todos, con lo que realmente se cuenta. El líder tiene que ser la luminaria visible desde lo lejos, una “Estrella de David”, que señale caminos seguros a su pueblo.

Nuestros políticos, casi todos “de carrera”, algunos a la carrera, todavía, hoy y mañana, están a tiempo para que hagan algunas correcciones con el fin de que la verdad sea el fundamento, el soporte y el techo en la construcción de sus liderazgos y por ende de la construcción de un país fuerte.

 

 

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