Angelo Giuseppe Roncalli, Juan XXIII, fue el primer papa de mis recuerdos. Para mí, fue el papa amistoso, tolerante, el de las encíclicas Mater et Magistra y Pacem in Terris. Aquel antiguo patriarca de Venecia habría logrado realizaciones sociales revolucionarias en el mundo y la Iglesia habría llegado a límites que, quizá, habrían escandalizado a Pío XII, sino hubiese muerto el aguerrido cardenal Roncalli antes de presentar las batallas que insinuó en el Concilio Vaticano II.
Giovanni Montini hizo suya la iniciativa de Juan XXIII y a su estampa clásica de papa ideal, sumó todos los buenos resultados de su democrático antecesor. Paulo VI irradiaba en una sola, las dos imágenes conservadoras de Pío XII y la progresista de Juan XXIII, revestidas de la prudente característica diplomática que la Iglesia supo desarrollar en el siglo XX.
Juan Pablo I no nos dio tiempo. Su vida antes de ser papa, logró conmoverme, pero lo verdaderamente conmovedor fue su muerte. Pienso que habría sido un papa excepcional, a pesar de la expectativa de los cardenales electores.
El que sí me conmueve hasta lo más profundo de mi corazón y de mi alma es Karol Wojtyla, cuya imagen es la historia del hombre. El párroco Wojtyla, polaco, eslavo como mi padre. De todos los papas es el más simbólico, porque recoge en su estampa el estoicismo, la fe y la caridad que conforman la fuerza de la Iglesia, pero cuando sonreía comprobaba que existe el alma que mira a Dios en el credo que predica. Entonces, Wojtyla, nos hacía ver a Cristo en su figura y vienen a mi mente los versos anónimos que todos hacemos nuestros: “No me mueve mi Dios para quererte, el cielo que me tienes prometido…”. Juan Pablo II es la expresión viva de ese soneto.
La Iglesia y todos los cristianos merecimos a este papa viajero que llevó el más efectivo mensaje de Cristo en su propia persona. La caridad y la compasión delineaban su rostro y, también, su sabiduría iluminaron los entendimientos de quienes lo escucharon porque sus ojos reflejaron la luz interna que le hace ver con certeza las ideas y conceptos que pronunciaba con su voz apacible, autorizada y convincente. Cuando veía la imagen de Juan Pablo II, veía la de mi querido e inolvidable padre, así como la de todos los rusos, rumanos, polacos, checos, yugoeslavos y de todas las razas que han muerto, sufren y padecen por haber sido y por ser cristianos, judíos o musulmanes o por querer ser libres.
De todas los papas, la cara y la figura de Juan Pablo II es la más patética de la vida y la esperanza de la humanidad que cobra en su santidad, la auténtica imagen del amor y temor a Dios. Tras varios años de espera, finalmente él fue beatificado. La noticia agrada al mundo … y es que Juan Pablo II es uno de los papas más queridos de los últimos tiempos.


