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Reflexiones tras la beatificación. Waldo Batista A.

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Estimulado por las enseñanzas del Concilio Vaticano II, relativas a algunas de sus constituciones pastorales, además del compendio de revelaciones contenidas en la doctrina de nuestra Iglesia católica, comparto mis criterios con la intención de enriquecer nuestro haber cultural, social y, sobre todo, espiritual, a raíz de la beatificación de Juan Pablo II, nuestro “Papa viajero”.

Nuestra Iglesia reconoce la justa autonomía de la realidad terrena, de la cultura humana y del accionar político social. Admite no tener la solución a los problemas que agobian a los grupos humanos, sin embargo, contradice tanto el integrismo que niega la autonomía de la realidad creada, como el sectarismo que la exagera, considerándola con independencia respecto de Dios, separando de la fe cosas que le pertenecen sustancialmente.

La universalidad de nuestra Iglesia católica siempre busca el amor a la verdad; expresa confianza en la inteligibilidad y en la bondad de la creación, y promueve el genuino perdón. Reconoce la capacidad de la razón para conocer todo lo existente en la eficacia constructiva de la verdad. Ya el Concilio Vaticano I se pronunció sobre la aportación positiva que el conocimiento racional puede y debe dar al conocimiento de la fe: “Ninguna verdadera discusión puede jamás darse entre la fe y la razón, como quiera que es el mismo Dios, quien revela los misterios e infunde la fe”.

La fe y la razón concurren en el crecimiento de la verdadera sabiduría sobre la que se asienta la libertad y la grandeza del hombre. La vida sustentada únicamente en la razón, para tener a mano el porqué de todas las cosas, sólo llevaría al hombre a satisfacer el inmediato momento. Cuando se trate de jóvenes, en tanto decidan amasar su ideal sólo tras la razón, sería mucho más frustrante, a riesgo de terminar en orgías y drogadicción, desilusionados por la falta de Dios en su infructuosa búsqueda.

A los estímulos de la fe hay que añadir los de la caridad, que nos acerca a la realidad, nos permite atender al verdadero ser de la cosas, de acuerdo con la sabiduría de él, sin la que nuestra existencia se haría conflictiva. Entre los desafíos del momento actual están: las consecuencias negativas de la globalización, las grandes incoherencias públicas, la brecha creciente entre ricos y pobres, la conculcación cada vez más flagrante de los derechos que se dicen defender. Vivimos en la era de las comunicaciones: los mensajes se multiplican y entrecruzan, mientras nuestra capacidad de asimilar la información que se genera está bombardeada por estímulos encontrados y superpuestos. Frente a este panorama, el santo padre recomendaba adoptar una actividad misionera en el sentido de que los cristianos laicos asumieran el compromiso apostólico y la militancia para anunciar a Jesucristo y a su Iglesia.

No es justo ni aceptable que los hijos de las tinieblas nos fustiguen y se gloríen de utilizar, con exclusivismo, las mejores técnicas en contra de los intereses de Jesucristo. (Siempre me pregunto por qué los ateos y agnósticos se ocupan tanto de Dios, si no creen en él; ¿o es que dudan?).

Es necesario que cada uno viva los compromisos bautismales, siendo fiel a su vocación y misión específicas. Con el sello indeleble del bautismo, podemos enfrentar criterios que pretenden desvirtuar dogmas y hechos tangibles por la “fe”, como el de la innegable transustanciación, o sea, la conversión de las especies del pan y del vino en el cuerpo y la sangre del señor Jesús; no por “palabras mágicas”, sino por el poder del Espíritu Santo a través de manos consagradas por él y para él.

Cuestionar la beatificación de Juan Pablo II es un acto de osadía, además de evidenciar un alto nivel de desinformación; implica desconocer su clarividencia, su accionar apostólico, su piedad y sus anuncios proféticos. Su mensaje siempre estuvo lleno de esperanza pero, también, de denuncias. De sus muchos escritos podríamos extraer el punto central: “el mal en el mundo es producto del egoísmo, la explotación y la deshumanización enraizados en la vida personal e institucional”. Denunció que la negación social de Dios es la raíz del egoísmo; que la negación social de la persona es la raíz de la explotación, y la negación social de la moral trascendente es la raíz de la deshumanización.

Frente a este mal, estructurado y organizado, planteó las exigencias sociales del mensaje cristiano: “El reino de Dios, el cuerpo de Cristo (la Iglesia) y el mandamiento nuevo (el amor), en la medida en que descubramos y vivamos las virtudes evangélicas de pobreza, humanidad y sacrificio. Todas ellas, sostenidas por la oración y la práctica de los sacramentos”.

El beato Juan Pablo II nos recordó siempre que el señor nos llama a cada uno por nuestro nombre; que somos los mensajeros de Dios, porque hemos sido enviados a dar a conocer su reino y a ser testigos de su amor misericordioso. Así vivió y así lo han reconocido cristianos católicos y creyentes de denominaciones no cristianas en el mundo y, por supuesto, nuestra Iglesia católica para declararlo primero “venerable” y ahora “beato”.

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